Subsidio Castrante

 

El subsidio, visto como el rescatar a alguien o a algo a base de compensarle su deficiencia crónica, es uno de los males más arraigados y dramáticos en nuestra cultura. Nos la pasamos esperando que el Gobierno lo haga todo, que los líderes resuelvan nuestros problemas, que los pudientes nos saquen de nuestra miseria, cualquiera que ésta sea.

Culturalmente y por formación, los mexicanos somos "pediches". Estamos psicológica y existencialmente condicionados al subdesarrollo, a ser subordinados, reverentes y expectantes de algo que no va a llegar nunca.

Además de ser una forma de control, el subsidio está cargado de una falsa moralidad porque tiene tintes de "bondad". Subsidiar a alguien puede confundirse fácilmente con ayudar a otros.

Lo grave del subsidio es que castra al "beneficiario", le corta las alas y lo previene de experimentar la frustración necesaria para que se harte de su estéril fantasía de rescate. También lo previene de una imaginación anhelante, de una ambición que lo motive realmente y que lo saque de donde le tocó estar.

Enfrentarse con uno mismo es sin duda la peor y la mejor de las batallas. Es que preferimos culpar a otros antes que hacernos cargo de nosotros mismos; acusar de fallas a terceros antes que reconocer las propias.

Y el subsidio existe en todos los ámbitos: En la pareja: el cliché romántico de "los dos somos uno" implica que cada uno de ellos es una mitad. La pareja se puede complementar, pero no conviene que compense una disfunción endémica.

En la familia: se subsidia a uno o varios de los hijos adultos porque no son capaces, o no se atreven, de generar sus propios recursos. Como "no pueden", se les subsidia, y como se les subsidia, jamás pueden.

En productos y marcas: hay negocios que subsisten gracias a un producto o una marca exitosa; hasta que se agota su ciclo y la compañía, confundida e indefensa, quiebra.

En los grupos industriales: aquellos conglomerados que se diversificaban en diferentes giros con la ilusión de "balancear" los ciclos de cada industria fracasaron en su mayoría porque lejos de reinvertir en el negocio central diluían sus recursos.

En la empresa: hay equipos funcionales competentes que subsidian a otros incompetentes.

En un país: la educación (que sigue trágicamente secuestrada y politizada), la competitividad y el crecimiento económico equilibrado deben ser las metas fundamentales. Pero la "fortaleza" petrolera de México ha sido el gran patrocinador de la incompetencia (Bloomberg BW recientemente le llamó la piñata de México).

Joseph Stiglitz, Nobel de Economía, les llama a las naciones petroleras "países ricos con gente pobre", al tiempo que el economista Jeffrey Sachs demuestra que los países ricos en recursos naturales crecen a menores tasas que aquellos que no los tienen.

Por eso Bill Clinton se equivoca. Declaró a los cuatro vientos durante la Cumbre de Negocios 2010 que México "debe aprovechar los minerales y los metales". Si algo ha quedado demostrado es que no es sostenible la creación de riqueza apalancada en el esquema colonial de explotación de recursos naturales.

México tiene que decir adiós a la narrativa de los subsidios. Tiene que tener un Gobierno pragmático enfocado al crecimiento económico y todo lo que esto cataliza, pero sobre todo necesita entender que el subdesarrollo es una condición mental emanada de las ventajas autodestructivas que generan la posición de víctima.

Es hora de levantarse del suelo.

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