Ciegos

Estoy convencido de que el principal obstáculo para la eficacia organizacional es la ceguera personal. De ahí que el problema ajeno sea más sencillo que el propio y que el defecto del que tenemos enfrente salte a la vista; y nadie estamos exentos.

Sistemáticamente me topo con gente brillante que ante determinada coyuntura no puede verse a sí misma ni puede comprender sus sesgos, complejos y esquemas de compensación que intentan esconder sus "deficiencias" de personalidad.

 

No es la falta de técnica administrativa y ni siquiera de liderazgo lo que más acaba por impactar a un negocio, sino el conocimiento de las conductas inconscientes y automáticas de uno mismo, así como la lucidez para el reconocimiento de fortalezas y debilidades individuales.

Es paradójico observar cómo al tiempo que las empresas disminuyen su penetración de mercado o incluso quiebran, los líderes en turno quedan confundidos, sin poder explicar nada y culpando a todo el mundo.

Hay una ignorancia enorme alrededor del funcionamiento de la psique y esto obedece a que seguimos atrapados en el paradigma capitalista-científico: ver para creer. El tema es con qué lentes estamos viendo.

Es que entre los miles de libros sobre estrategias de negocios, brilla por su ausencia la palabra subconsciente, mientras que en las clases de administración en las universidades hasta se le ve con desdén.

Si alguien menciona que está trabajando temas psicológicos, lo tachan de "loquito" y mejor se aguanta el dolor emocional o la duda existencial, hasta que la energía reprimida brota por otro lado de manera descontrolada.

Y aclaro que no defiendo a psicólogos y psiquiatras, que, como en toda las profesiones, también los hay ineptos y sin ética. Lo que defiendo es la necesidad humana, diría yo la obligación, de integrar de la mejor manera posible el conocimiento personal con el conocimiento técnico para maximizar los niveles de conciencia y, en este contexto particular, el desempeño.

Esta negación actual hacia la psicología es contradictoria en función de que la mayoría de nuestro desempeño cotidiano es inconsciente. Wilson, Universidad de Virginia, se puso a contar las terminaciones nerviosas y las multiplicó por los cinco sentidos (y eso que hay más que no se pueden medir), y concluye: en un momento dado estamos recibiendo más de 11 millones de pedazos de información, por lo que necesariamente tenemos que funcionar de manera automática, de lo contrario caeríamos en un overload del sistema y seríamos disfuncionales.

Nuestras decisiones son rara vez racionales, más bien son los condicionamientos operativos, los esquemas recurrentes y las dinámicas del pasado las que determinan la perspectiva y las conductas automáticas que suelen prevalecer en la toma de decisiones y, sobre todo, en las acciones. Aquí, algunos ejemplos:

Los padres que no ven lo flojo y lo mimado de un hijo; la guapa mujer que todo mundo pregunta "qué le ve" cuando se refieren a su novio; el religioso que se la pasa hablando en el nombre de Dios pero que actúa como demonio.

Llevado al mundo empresarial también podemos ver: cómo las mentes discutiblemente más brillantes son capaces de poner en jaque al sistema financiero internacional; cómo el CEO de Toyota cae en negación ante la crisis publirrelacionista; cómo los directivos de General Motors pierden participación de mercado durante 30 años y siguen haciendo lo mismo, con el mismo tipo de dirigentes.

Todos necesitamos de contrapesos, balances y tironeos, aunque no nos guste. La verdad no peca pero incomoda; pero también ilustra, si la queremos ver.

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