Incompetencia

"Yo quiero hacer dinero; y no creo en la suerte".

Esto me decía un joven empresario jalisciense hace unos días. Le preguntaba si le gustaba hacer algo en particular, alguna industria o actividad específica y nuevamente me contesta con firmeza: "yo lo que quiero es hacer dinero; el cómo es lo de menos".

Mejor cambié el tema. Me puse a hablar de futbol soccer, de Xavi, Iniesta y el Real Madrid.

Vivimos en pleno paradigma mecanicista (las partes hacen al todo), cartesiano (separación de mente/espíritu y materia) y capitalista (la acumulación del capital) y el cual nos lleva a pensar de manera automática y subconsciente, como en el caso del joven que describo, en que todo depende de nuestro esfuerzo, que tenemos pleno control de nuestras ganancias económicas y que el éxito es cuestión de voluntad.

Pero infelizmente no siempre es así.

Hay gente que trabaja muy poco y gana mucho dinero y otros que bajo la premisa de que el esfuerzo paga, de que allá al final del camino existe justicia divina, se la pasan trabajando 50 horas a la semana haciendo lo mismo por décadas y logrando poco.

La realidad es que hay empresas, rumbos, empleos, productos y relaciones, que es más sensato abandonar y dejar por la paz. Es cierto que las probabilidades de que nos vaya bien tienden a incrementarse con el esfuerzo, pero, metafóricamente, por más que se esfuerce una mosca en cruzar un ventana de vidrio, jamás podrá hacerlo.

Los recursos: tiempo, dinero, energía, talento, son limitados y de ahí que tengan que liberarse hacia lo relevante y sin perder el tiempo.

¿De qué sirve controlar administrativamente algo que ya no tiene sentido hacer? ¿De qué sirve ser eficiente si vamos dirigidos hacia el precipicio? ¿Ser competente en algo que ya no tiene mercado? ¿Ser el mejor si el mercado no percibe ninguna diferenciación?

En estos tiempos, acusar de incompetente a algún directivo o empresario tiene que ser el insulto más grande.

Por ejemplo, hace unos días Facebook anunció que había llegado a los 500 millones de usuarios. ¿Pero qué pasó con My Space, si era el pionero, el grande, el líder indiscutible? Sean Parker, ex presidente de Facebook, ofrece una explicación: "La única razón por la que le ganamos a MySpace fue debido a la enorme incompetencia". Ouch.

Otro más que va a la baja: el Explorer de Microsoft sigue perdiendo participación de mercado y ya tiene menos del 60 por ciento. Los que crecen son el Chrome de Google (pasó del 2 al 7 por ciento en el ultimo año); mientras que Firefox cuenta con el 25 por ciento de participación.

Y ni para qué hablar de la industria automotriz norteamericana que durante 30 años consecutivos se la pasó perdiendo participación de mercado.

Incompetencia o no (además de que no me toca juzgar la de nadie en particular), el caso es que las empresas grandes caen, los emporios quiebran y los directores-estrella acaban estrellados.

Ya salió Tom Peters, autor de In Search of Excellence, explicando por qué un número significativo de sus empresas "excelentes" fracasaron y lo mismo hizo Jim Collins, coautor de Built to Last.

Más que gente competente o incompetente, creo que más bien se trata de diferentes competencias que se requieren para diferentes momentos en la empresa y diferentes etapas de la industria.

Los líderes tienen vigencia, prescriben, se obsoletizan. Un líder en una empresa con determinado contexto, por un tiempo definido, puede ser magnífico, pero al cambiar las variables, que siempre están cambiando, sus competencias pueden desalinearse con lo que la empresa requiere.

Es que los líderes con el tiempo son víctimas de sus propensiones, se auto-repiten y se hacen inflexibles.

Adicionalmente, hay por lo menos dos tipos de competencias: la operativa y la estratégica.

La competencia operativa es hacer las cosas bien, ser eficiente y ordenado. La manera en que este tipo de líder hace crecer el negocio es a base de multiplicar el mismo modelo, replicar y expandirse.

La competencia estratégica es hacer las cosas correctas, aceptar cierto grado de ineficiencia en aras de la exploración y la búsqueda de oportunidades a explotar.

Lo que queda entonces, finalmente, es tener la humildad para reconocer que las oportunidades son fugaces, el olfato fino para detectar nuevas oportunidades, la flexibilidad para movilizarse a través de diferentes portafolios de negocios y segmentos de mercado, y la disciplina de gestión para optimizar la explotación de las oportunidades detectadas.

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