Tensión Sistémica

Sigue viva la danza entre las fuerzas colectivas y las individuales: la primera estabiliza y da sentido estructural mientras que la segunda mantiene vivas las energías de la renovación.

 

Desde hace cientos de miles de años, los humanos nos acostumbramos a vivir en tribus: cazábamos, comíamos y nos moríamos en grupo. Somos tribales; nos la pasamos sondeando a qué tribu pertenecemos e intuitivamente seleccionando a quién dejamos dentro o fuera.

El fenómeno de “los otros” es fascinante: entre un extraterrestre y un terrícola elegimos al terrícola; entre un extranjero y un paisano, al paisano; entre un paisano y un vecino, al vecino; entre un vecino y un amigo, al amigo; entre los amigos y la familia, a la familia.

Adicionalmente a la tribu inmediata, la Era moderna, los medios masivos y la comunicación digital, han configurado una meta-tribu representada por la cultura que respiramos, sentimos y vivimos. Como un pez desplazándose en el agua que mira hacia delante sin darse cuenta de su absoluta inmersión en un líquido que lo rodea y engulle, así navegamos sin detectar las influencias que impactan nuestro psique y nuestra condición.

Es cierto que tenemos libre albedrío pero siempre estará dentro de un marco de referencia. Entre mayor la referencia y la exposición a otras tribus, culturas, formas de vida, mayor será el grado de independencia. Y viceversa: entre mayor nuestro encierro, nuestra referencia será más limitada y local, por lo que lo global, lo nuevo y lo misterioso, serán negados y rechazados.

Tomo como ejemplo el sistema capitalista en el que estamos inmersos. Hemos heredado éste modelo de vida, diseñado quién sabe por quién en otro tiempo, y que se ha convertido en nuestro marco al que referimos nuestras decisiones, acciones, aspiraciones y sueños. Este marco funciona como mandato, como si fuera un guión de vida a desdoblar: trabajamos de lunes a viernes, de nueve a siete; nos desplazamos a diario entre un enjambre de automóviles y esperamos pacientes en la fila para comprar boletos, para abordar un avión o pedir un café.

Y lo hacemos durante 40 años para luego ser suplantados por los insumos siguientes: jóvenes anhelantes que compran la promesa que nos hace el sistema: si trabajamos lo suficiente, si nos entregamos, podremos “lograrlo”.  Sin embargo la especialización, la división del trabajo y las economías de escala nos han fragmentado y nos han hecho obsesivos en nuestra dimensión “productiva”.

Y hasta la mujer de hoy mordió el anzuelo. En lugar de ser una fuerza que complementa, procurarse a alguien que les lleve alimento al hogar, les brinde sustento y atenciones -- teniendo así la flexibilidad para desarrollarse multi-dimensionalmente-- se han hecho compulsivas y deseosas de incorporar el rol masculino. Quieren trabajar 50 horas a la semana, ponerse traje sastre y subirse al acelerado tren para, basadas en el meta-guión, realizarse. Si esto es lo que realmente quiere una mujer, perfecto; pero que no sea tan solo una respuesta para probar algo o satisfacer el rol que la época le ha impuesto.

Se nos ha olvidado la idea de tener un sentido de destino o una vida creativa por el deseo de pertenecer, ser productivo y eficiente. La intuición, la vocación y la fantasía, han sido suplantadas por lo concreto, el deber y el ego. Sucumbimos a ser ordinarios, industriales, convencionales y radicar en el centro de la normal estadística- justo lo que el sistema económico omnipresente espera de un ciudadano modelo.

El grupo brinda estabilidad, provee normas y da certidumbre pero también cobra un precio. Entre más estable sea un sistema, mayor será la pérdida de flexibilidad y adaptabilidad. Esto es crítico sobre todo en el caso de una empresa: sin una dosis de disrupción se arriesga al estancamiento y eventualmente a la entropía.

El asunto es que lo normal está en contra de lo extraordinario.

Como respuesta a lo normal, a la homogeneidad y lo predecible están los creativos, los independientes; los  que por ahí andan queriendo cambiar al statu quo, haciendo preguntas incómodas, recordándole al sistema que tiene que seguir evolucionando porque de lo contrario, si pospone indefinidamente el cambio, va a tener que vivir forzosamente una eventual revolución, si es que quiere seguir subsistiendo.

Como en el caso de la corriente eléctrica: un ente sin polos opuestos ni tironeo de fuerzas es un ente carente de energía y de poca adaptabilidad.

 

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Minuto a minuto

Horacio Marchand

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