Ir al cine

Maravilloso. Ver a la gente en el cine es mejor que ver la película. Recuerdo a un señor con cejas grandes y espesas, que tiene por costumbre llevar al cine una bolsa de plástico grande.

¿Para qué?

Lo mismo me preguntaba hasta que un día lo descubrí: su caja de palomitas la coloca dentro de la bolsa de plástico para que las palomitas que se caigan lo hagan en la bolsa, y no en el piso; tras comérselas de la caja de cartón, devora las que se cayeron en la bolsa.

Me quedé momentáneamente paralizado cuando entendí. No podía creerlo aunque, desde un punto de vista estricto de logística, tiene todo el sentido del mundo. Además de reciclar (es otro proceso el de recoger y llevarlas a la boca por segunda vez), sin duda facilita el trabajo de limpieza.

De seguro hay estudios sobre qué porcentaje de las palomitas se caen en el intento de ser engullidas, aunque creo que depende del nivel de ansiedad con las que las comes: si comes acelerado y a puños llenos se caen más que si comes lento y de a poquitas.

A este tipo de cliente les podría llamar: Comelones, pero hay muchos más. Me he topado con otro tipo de personajes que quizá podrían constituir segmentos de mercado pero, antes de citarlos, algo más sobre la industria del cine.

El cine es el nuevo coliseo romano, el nuevo teatro al aire libre de los griegos. El video captura al psiquis y le ofrece al espectador aventura y fuga. Independientemente del segmento y de las variables de segmentación, el homo videns mira para entretenerse e incorporar temporalmente vidas alternas.

El cine está inmerso en la Economía de Experiencias, donde se paga dinero para sentir y vivenciar experiencias para luego contarlas. Esto se ve reflejado en los precios de las admisiones que han subido vertiginosamente; muy por arriba de los commodities, de los bienes y los servicios.
¿De qué otra manera se explican los 20 millones de dólares que recién pagó Anousheh Ansari, una iraní-norteamericana millonaria, para tener derecho a subirse a un cohete rumbo al espacio? Ella ya no quiere cosas, quiere experiencias. Y no dudo que dentro de poco se anuncie la película en el cine para que otros lo experimentemos.
Y regresando a los perfiles de consumidores de cine, aquí algunos otros ejemplos.

Ahorrativos.- En alguna otra ocasión un señor apareció a media función y se sentó a mi lado, en uno de los pocos lugares vacíos que quedaban. Me le quedé mirando de reojo ¿Qué hace entrando a media película? ¿Por qué tenía que sentarse exactamente a mi lado?

El señor se puso a platicar con una pareja de jóvenes, ¿Por qué habla en el cine? Y tras un breve intercambio le entregan al señor la caja de palomitas gigante, y vacía. La tomó en sus manos y se la llevó para nunca volver. ¿A dónde fue? ¿Vino por la caja de palomitas a mitad de función?

Mmmmm. ¿Qué pasó aquí? Y entendí. Era una caja de refill que por su tamaño, y su precio, tiene derecho a un resurtido gratis. Entonces la pareja (me dio la impresión de que se trataba de su hija) come sus palomitas y luego le pasaron el recipiente para que reclamara el resurtido en la dulcería y llegara, ahora sí, a la película que él estaba viendo en otra sala (era un cine multi-salas) y a comer se ha dicho sin tener que desembolsar más dinero; ni la investigación de mercado más exhaustiva podía haber predicho esto.

En esta categoría hay una modalidad: el que lleva la comida al cine. El que empaca cosas en la bolsa de su señora o el que, ni tan sutilmente, carga con su bolsita de plástico de la tienda de conveniencia.

Neuróticos. Este perfil va al cine cuando no va la masa porque se siente abrumado con el gentío, las filas, la competencia por los lugares. Prefiere ir en horarios extraños porque tiene su predilección muy definida en lugares, ángulos, acomodo; llega siempre temprano.

Entusiastas.- Tengo un amigo que obsesiona por los estrenos. En varias ocasiones ha viajado a Estados Unidos para ver el estreno allá. El fin de semana nos cuenta, nos dice que “nos la perdimos”, que tenemos que ir. Tan pronto pasa la fiebre de un estreno ya anda hablando de otro. A este perfil no le importa la multitud; al contrario, va cuando hay estreno porque acaba por afiliarse con los fanáticos y fusionarse con la multitud.

Sociales.- En este perfil el cine es lo de menos. Lo de más es el relajo, los amigos, a ver a quién se encuentran. Platican durante la película, van con frecuencia a la dulcería para toparse con más gente.

Amantes del cine.- Son los ritualistas. Los que van al cine el mismo día todas las semanas. Tienen ya una rutina, tienen definidos sus lugares, sus alimentos y la actividad posterior a la función ya está previamente fijada.

Un perfil más: el sujeto extraño que cuando va al cine observa todo menos la película.

¡Gooooooool!

Y llegó un marciano a la Tierra. Vino de investigación con miras a conquistar al planeta en un futuro cercano. Tenía como regla no hacer contacto con nadie. Sólo venía a observar al mundo, a sus habitantes, a sus costumbres, a sus valores, a sus Dioses.

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Locos por Lucrecia

Hay pobreza de imaginación y auto-estima en las organizaciones. Quizá por eso, antes de actuar, se voltea a ver lo que hace la competencia, a ver lo que hacen otros iguales en otras partes del mundo, y acaban, todos, por hacer exactamente lo mismo. El resultado: márgenes de utilidad decrecientes y pérdida de poder en la cadena de valor.

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Hambriento y tonto

Hay niños que quieren ser Superman, Flash o el Hombre Araña; hay niñas que quieren ser la agente secreto Alias, Blanca Nieves o Britney Spears. Y hay adultos que quieren ser Steven Jobs.

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