El Marketing es lo de Menos

Antes del marketing -o para el caso, antes de cualquier otra actividad- está la persona.

Cuando se trata de desempeñar la función de marketing, lo primero que se viene a la mente son habilidades para leer el mercado y el diseño de una propuesta de valor relevante para el mercado meta; pero mucho antes del marketing -o para el caso, antes de cualquier otra actividad- está la persona. La condición de la persona precede a la condición del profesionista. Y esto no puede subestimarse.

Hace pocos años, un ejecutivo inglés, especializado en hacer investigaciones de mercado, vino a México por un período de tres años. Toda la familia estaba emocionada: subieron las pirámides, nadaron en las playas, comieron pozole y mole, aprendieron algunas palabras en castellano. Todo, como muchos comienzos, iba muy bien.

A los 4 meses, por cuestiones de salud, su esposa y su hija de 4 años tuvieron que regresar a Inglaterra y él se quedó solo.

 


Al principio sintió que fueron vacaciones. Llegaba tarde a su departamento sin rendirle a nadie, algunas noches se iba de copas y otras de visita a algunos antros; también le dio por visitar museos y leer en las bancas de parques los fines de semana.

Pero tras algunas semanas empezó a sentirse solo. También empezaron sus problemas en el trabajo y la grilla corporativa lo golpeaba despiadadamente. Por su origen anglo, sentía que no podía leer bien las sutilezas de nuestra cultura.

Empezó a perder el sueño y todo el escenario era el ideal para que regresaran las apariciones de sus viejos fantasmas: sentimientos de inferioridad, inseguridad en su capacidad y su lucidez y una sensación extraña de soledad.

Ya había enfrentado estas cuestiones con un sacerdote, con un psicólogo y un psiquiatra. Incluso llegó a sentir que estaba al borde de enloquecer. La realidad era, creo yo, que nunca se había dado el tiempo de analizar sus sentimientos, ni había practicado la introspección y por eso se desconcertaba.

Y empezó a tomar ansiolíticos. Se los habían recetado en el pasado porque adicionalmente a la disminución de ansiedad, tenía el efecto secundario el provocar el sueño. Y de ahí se agarró.

Dormía delicioso. Dejó de ir a los antros, le bajó al consumo de alcohol, retomó el ejercicio. Empezó a llegar más temprano a la oficina y a sentirse mejor.

Pero el efecto duró poco y al tiempo incrementó sus dosis de ansiolíticos y otra vez se sintió mejor.

Al cabo de unos meses, además de la noche, una a media mañana le sentía bien para enfrentar el trabajo y se convirtió en un ritual de dos veces por día.

Y así siguió por espacio de tres años. Terminado su contrato regresó feliz a su país. El encuentro definitivo con su familia y el poder personal que da tu lugar de origen se hizo manifiesto. Regresó también a su trabajo anterior y todo pareció acomodarse.

Lo único a lo que no regresó fue a su independencia de los ansiolíticos. Eran tan importantes en su vida que cuando viajaba por avión los metía en su bolsillo, por aquello de que se le perdiera su equipaje.

Una noche antes de acostarse se topó con la horrorosa sorpresa de que la caja estaba vacía. Desesperado volteó su casa al revés buscando la pastillita. Despertó a la señora, le ayudó a buscarla, pero nada. La receta para ir a surtirla a una farmacia que abría las 24 horas tampoco apareció.

Fue una noche horrible. Se fue de la recámara para no importunar a la mujer y tuvo quizá la peor noche de su vida. En la noche todo es más feo, más negro, más imposible, más pesado. Es en la noche que las cosas se transforman y nos agobian a la décima potencia. Y él estaba ahí frente a su angustia.

Se dio cuenta que era un adicto. Una forma sofisticada y elegante de junkie.

Fue con una psicóloga para pedirle su opinión. Y ella le dijo que, en su experiencia, algunas personas que tomaban ansiolíticos se hacían con el tiempo inseguras, indecisas, con poca claridad mental, con un bajo libido, baja energía y con una pérdida de concentración y de memoria.

El inglés salió asustado. El se sentía justamente así. Tenía una racha de que las cosas no le salían bien, como de malas, irritable, amargado.

Se informó como pudo, y encontró versiones que aseguraban que cierto tipo de ansiolíticos, en ciertas dosis, en ciertas personas, les ocasionaba adicción y dependencia. En el largo plazo, decían algunas fuentes, los afectados terminaban vagamente lisiados desde el punto de vista personal. Los ansiolíticos no se diseñaron para el largo plazo, y mucho menos para la automedicación.

Se entrevistó con un homeópata y empezó la desintoxicación.

Fue una batalla. Entendió cómo batallan los drogadictos. Tras noches en vela, buenos y malos días, con un cierto grado de depresión, finalmente se los quitó.

Pero era demasiado tarde. Cuando menos desde el punto de vista de su empleo: lo despidieron. Nadie podía explicar su caída en el desempeño.

En un arrebato, vino a México. No supo a qué exactamente, pero se dedicó a buscar a sus amigos, y entre ellos a mí.

Y ahí me contó todo con detalle. Le pedí permiso de publicarlo y le prometí omitir su nombre.

Lo escuché con atención, registré algunas notas, pero lo que me impactó fue que me lo contó justo en el tiempo que yo cumplía un año de estar tomando un ansiolítico.

Para mí el ansiolítico era el medicamento de la era y lucía justificado por el stress, la velocidad, el desgaste, las prisas. Yo lo tomaba en versión líquida y las gotitas diluidas en agua parecían inofensivas.

Ahora yo fui el del susto. Fui con un chochero y empecé mi desintoxicación. Influenciado con lo del inglés o no, ya había empezado a sentir algunos efectos.

Me lo quité, regresé al ejercicio y también regresé a algunas noches de insomnio, a la ansiedad, al acelere, pero por lo menos soy yo mismo.

Y me prometí escribir una columna sobre esto. Aclarando que gracias a los emporios farmacéuticos, en general, el nivel de vida y la longevidad han subido; pero no podemos ignorar los costos, ni dar por un hecho que todo le cae bien a todo el mundo. Aguas.

A cada día su propio afán; no más, no menos.

Minuto a minuto

Horacio Marchand

La estrategia está donde se invierte tiempo, dinero y atención; es lo que se hace todos los días.

by Horacio Marchand