El Objeto del Deseo

"No puedo pensar en nada, excepto en el nuevo objeto de mi pasión".

 

 

 

Si yo tuviera veinte años menos, si yo fuera Bill Gates, si tuviera el cuerpo de Schwarzenegger, la voz de Luis Miguel, el cerebro de Einstein y el glamour de Ben Affleck, si yo fuera el director general de la empresa, si tuviera un Porsche convertible o, como dice Woody Allen: si yo fuera feliz, qué feliz sería.

Si yo quiero ("necesidad") y obtengo algo externo ("satisfactor"), entonces estaré complacido.

Sí, pero no.

El deseo, volátil, pero persistente, combinado con los condicionantes tradicionales -si yo tuviera, si yo fuera-, conforman una elaboración tal que prácticamente nos aseguran una vida de insatisfacción permanente.

Con la expectativa de llenar el vacío, lucimos como "víctimas" frente al bombardeo de nuevos productos y objetos externos para su consumo.

Y en el anhelo constante, como niños frente al pino de Navidad desenvolviendo regalos, buscamos eufóricos el siguiente regalo, el siguiente objeto. El que ya abrimos, ya pasó: lo vimos, lo tocamos, lo estrenamos, y el que sigue, por favor. Y lo abrimos, y el que sigue; y abrimos el nuevo, y el que sigue. ¿Qué, ya se acabaron? Es que yo quería más, es que yo quería uno mejor, es que yo quería el azul, es que yo quería uno como el de mi hermanito, buuuaaahh.

La felicidad, al estilo de Platón, nace del mismo deseo de ser feliz. Y ahí empieza la paradoja: el deseo depende de la carencia. Sartre parece estar de acuerdo: "el hombre es fundamentalmente deseo de ser, y el deseo es carencia".

La implicación es curiosa: cuando el deseo se cumple, cuando el objeto se tiene; la carencia desaparece, y con ella el deseo.

Y ahí la condena a la nada y a la caverna del idealismo, como le llama Comté Sponville: el ser está en otro lugar, por ende, el ser es lo que nos falta y la felicidad necesariamente se nos escapa.

Sigue Comté Sponville: "como ser feliz no es tener lo que se deseaba, sino tener lo que se desea, ser feliz no puede ocurrir nunca (puesto que sólo se desea lo que no se tiene)".

Ah, caray.

Del psicoanálisis Jean Lacan expande el concepto del objeto del deseo "puesto que en su origen, no es una relación con un objeto real, sino con la fantasía".

Si esto fuera cierto, si el deseo no es hacia un objeto real, sino a la ilusión o a algo fantasioso, confirmaría la premisa Platónica de la felicidad inalcanzable. ¿Han visto a mi Unicornio Azul? ¿A mi príncipe (o princesa) azul? ¿A mi dream job? ¿De casualidad, no se han topado a mi destino por ahí? Si lo encuentran, me avisan para irlo a recoger y tener el gusto de conocerlo.

Por lo tanto, todas esas promesas de bajar de peso, vía pastillas, ejercicios, dietas, meditación, filosofías de alimentación, ¿están explotando la ilusión de que al estar delgada, la persona entonces será feliz?

Y las promesas de vernos mejor con la cirugía plástica: nariz respingona, cero barriga, proporciones juveniles, sin ojeras, ¿están explotando la ilusión de que al estar más bella y/o joven, una persona entonces será feliz?

Y las promesas de autos flamantes, de ropa nueva, de organizadores personales con acceso a Internet, de la casa grandota, de la televisión gigante ¿también explotan ilusiones de felicidad?

Algo parecido debe pasar con una conquista romántica, una promoción en el empleo, la creación de un negocio nuevo, la adquisición de un auto nuevo: de la exuberancia y lo romántico, a la disolución y la normalización.

El Dalai Lama, bajo su perspectiva Budista, afirma que la persona tiende a establecer su felicidad en un nivel más o menos fijo, y estacionarse ahí; independientemente de los logros o tragedias. Gente que se gana la lotería, por ejemplo, después de la euforia temporal, lentamente gravita a su nivel previo de felicidad (o de infelicidad). También cita a una alegre señora que a pesar del cáncer que sufre -después del shock inicial- se normaliza en su nivel previo, y bromea con doctores y enfermeras, disfruta del delicioso té, etc.

Pero la búsqueda humana sigue. La insatisfacción parece ser crónica. Y el nivel más básico apunta hacia el consumo donde abundan los shopaholics (compradores compulsivos).

Desgraciados mercadólogos, se aprovechan de esto, sacan productos nuevos a cada rato, hacen que la gente gaste dinero y se anuncian para "fabricar necesidades". Pero los mercadólogos también estamos atrapados en el proceso del objeto del deseo y la mayoría creemos que es bueno generar y comunicar beneficios de productos y servicios.

Además de que conviene aclarar que las necesidades humanas en realidad ahí están, y son básicamente las mismas de hace 100, 200 o más años.

Las necesidades persisten (Maslow): Fisiológicas (alimento, biología), de Seguridad (seguros, techo, estabilidad laboral), de Autoestima (auto aceptación, autoconcepto), de Afiliación (pertenencia, identificación con grupos), de Autorrealización (trascendencia, conexión con la esencia creativa). Al mismo tiempo existen subdivisiones como la necesidad de esparcimiento (distracción, relajación), la necesidad de dar (a los hijos, a una pareja, a una causa), y así sucesivamente.

Si acaso el medio o la forma en que son llenadas, es por lo que pelean los competidores, y es en este terreno donde se libra la batalla y la dinámica empresarial. Y es aquí donde el concepto del objeto del deseo está a flor de piel.

En conclusión, por el lado del mercadólogo, lo arriba descrito puede proporcionar una guía para que se enfoque a tocar fibras de las motivaciones humanas -referenciadas al objeto del deseo- y empatarlas con una propuestas de valor.

Por el lado de la persona, lo arriba descrito puede proporcionar una guía para que detecte un patrón recurrente cargado de ilusión, al mismo tiempo que realiza que saciar al objeto del deseo en turno, no resuelve y tampoco es la respuesta a la vida.

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