El sueño de españa

MADRID.- Hablan fuerte y golpeado, son intensos para el trabajo, la comida y la fiesta; comen jamón ibérico casi todos los días y su ritual alrededor de la tapas es legendario. Los españoles, los ingobernables como los llamó Barzini, también constituyen la economía más dinámica en Europa y se han convertido en una amalgama exótica de razas y culturas que no para de crecer.


España últimamente fue responsable de más de la mitad de la creación de empleos en Europa y opaca en crecimiento a Italia, Francia y Alemania.

Adicionalmente la inversión que hicieron los reyes católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, al financiar a Cristóbal Colón, todavía no acaba de pagar sus frutos a la región ibérica. Y no me refiero al sentido colonial de “explotación” sino a la natural vinculación hacia un continente que todavía no se decide a crecer y ser potencia mundial; la posibilidad es enorme.

Tras la muerte de Franco, que con su liderazgo de hierro había homologado, hasta cierto punto, a España, el rey Juan Carlos tuvo la ocasión de quedarse en el rol de mandatario vitalicio pero optó por un camino más sabio, quizá por demócrata y patriota, quizá porque no le quedaba otra.

Juan Carlos de Borbón fue uno de los protagonistas de la nueva era española y junto con diversos actores políticos constituyeron los famosos Pactos de la Moncloa.

España amenazaba con caer en hiperinflación y gozaba la reputación de ser el patito feo de Europa. La fuga de capitales se agudizaba, los empresarios se aferraban al corporativismo, los partidos políticos y sindicatos golpeaban al que se les paraba en frente; es decir, estaba en la puerta, a punto de entrar, el estancamiento económico, político y social.

En un histórico acuerdo de voluntades a favor de algo más grande (España) que sus agendas partidistas, egoístas y miopes, como las que exhiben los políticos mexicanos, firmaron: Adolfo Suárez en nombre del gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo (por UCD), Felipe González (Partido Socialista Obrero Español), Santiago Carrillo (Partido Comunista de España), Manuel Fraga (por Alianza Popular), Enrique Tierno Galván (Partido Socialista Popular), Josep María Triginer (Partido Socialista de Cataluña), Joan Reventós (Convergencia Socialista de Cataluña), Juan Ajuriaguerra (Partido Nacionalista Vasco) y Miquel Roca (Convergència i Unió). Manuel Fraga no suscribió el acuerdo político, pero sí el económico.

En el terreno político pactaron cambios fundamentales: modificaron las restricciones a la libertad de prensa; reforzaron al poder judicial; abrieron información “secreta”; se aprobaron los derechos de reunión, de asociación política y la libertad de expresión; se tipificó el delito de tortura, entre otros.

En materia económica pactaron: otorgar el derecho al despido; conceder el derecho de asociación sindical; establecer límites al incremento salarial; devaluar la peseta (a su valor real); reformar la administración tributaria ante el déficit público; dar mayor libertad al Banco de España ante el riesgo de quiebras bancarias y la fuga de capitales al exterior, entre otros.

Y el acuerdo funcionó; la máquina española sólo requería un entorno favorable para la inversión, principalmente confianza, y despegó. Está lejos de ser perfecta pero hoy es una economía vibrante, abierta, cosmopolita, integrada, agresiva.

España tiene la política de inmigrantes más abierta de Europa. En sus bares se aprecian elegantes mujeres africanas, con su pelo alisado y largo, en sus hoteles abundan camareras rusas, en sus calles músicos de Europa del este, cocineros latinoamericanos, dependientes italianos, marroquíes, franceses.

La mayoría de las tiendas de conveniencia en el centro de Madrid están manejadas por chinos. A duras penas hablan castellano y la “r” les da una lata tremenda (tlemenda, dicen ellos) pero ahí están al frente de su tiendita, pegados. En conversación con uno de ellos me dice que casi todos son de la misma región en China, llamada Qin Tian, y me presentó a su sobrino de cinco años que recién llegaba.

Los argentinos aparecen en comerciales resaltando glamorosamente su acento; se ven noticias de Chávez criticando al rey; abunda la cobertura de figuras latinoamericanas como Shakira, Juanes, Paulina Rubio, Alejandro Fernández, Rafa Márquez.

También hay académicos mexicanos en Madrid, en el Instituto de Empresa tuve la ocasión de visitar a Luis Solís, Vicedecano y a Max Oliva, Subdirector de Social Impact Management.

En San Sebastián, estuve con otro distinguido mexicano, Alejandro Ruelas, que está a cargo del Instituto Vasco de Competitividad que entre sus labores está la de coordinar la investigación y delinear rumbos de acción e inversión para catalizar mayor crecimiento económico y social.

Ahí caminé por la bella Bahía de la Concha y engullí los manjares de la comida vasca quizá hasta el exceso, porque un marisco me provocó una fiebre alta que me atormentó toda la noche. Tras 15 horas la fiebre finalmente cedió. Esto me llevó a cancelar mi visita al Guggenheim en Bilbao y rumbo al aeropuerto, para regresar a Madrid, la serendipia me llevó a un hermoso pueblo medieval, Hondarribia, que juré volver con mi familia.

Aunque lo que funciona en un país no necesariamente funciona en otro, América Latina haría bien en considerar el modelo descrito en los Pactos de la Moncloa porque destaca la fuerza de imaginarse a un mejor país que el actual, donde pueda perseguirse un sueño de Nación y aspirar a ser grande.

Mientras el sueño latinoamericano siga congelado por el escepticismo y el cinismo, estaremos entrampados en el american dream de Estados Unidos; seguiremos exportando talento y siendo presa fácil de demagogos y populistas.

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