Ideako y su Mente Voladora parte 12

Ideako y su Mente Voladora Parte 12
Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, y/o una real con toques de ficción, que fue escrita hace más de una década...... como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

El insomnio… el insooomniiooo

Ah, desgraciado insomnio.


Me molestas, me hostigas, me ofendes y me derrotas. Lo peor es que parece no costarte trabajo, pero me haces sufrir mucho. Cuando me atacas me agarras solo, sin nadie en quién apoyarme, sin nadie que me consuele; todos duermen, desgraciado, menos yo. Me agarras sólo con mi pesadumbre, con mis miedos, en medio de la noche, como ladrón.


¿Yo qué te he hecho? ¿Qué ganas atacándome?


Y el insomnio me contesta: “Yo, insomnio, quiero vivir al igual que tú, Ideako. ¿Qué acaso no tengo derecho a existir? Como todas las especies, lucho por mi sobrevivencia”.


—Pero no a costa mía, desgraciado.


—Y tú, Ideako, ¿no comes carne, verduras, frutas? ¿No has vivido a costa de otros?


—Mira, idiota, ya cállate y déjame dormir. O de plano invádeme por completo, despiértame totalmente, no me traigas somnoliento y estúpido, cansado y aburrido.


Invádeme totalmente y me levanto a correr tres kilómetros, a escribir, a pintar o a leer.


Pero no, ingrato, me tienes en medio del sueño y en medio de estar despierto. Me desgastas.


Me revuelco, doy vueltas, cambio de posición, tengo conversaciones con diferentes partes de mi cuerpo, y hasta ellas tienen conversaciones entre sí y yo me convierto en espectador.


Escucho los ruidos del mundo: los carros a lo lejos, fiuuummmm; los perros ladrando, guauu, guauuu, guauuu; los sonidos de la casa, esscuiiic, rriiuuun, turrun, turrunnurrun; el escándalo de la sirena, wwooouuii, wooouuiii, wwooouuii.


Veo todas las sombras del mundo: la luz que entra de la calle, las sombras que provoca, las luces de la videograbadora, el reloj del despertador, lo fosforescente de los switch.


Huelo todos los olores: los frijoles de olla al vapor, la carne asada del vecino, el jabón de las sábanas, la esencia de mi almohada, mi fijador de pelo.


Pruebo todos los sabores: la pasta de dientes que quedó embarrada en el labio, la boca seca, el aliento pesado y áspero.


Siento todas las superficies del mundo: la sábana mal tendida, la sensación de mi pijama, la textura de la colcha, el perfil de la pared, el filo del colchón.


No logro desconectar mis sentidos, que aseguro son muchos más de cinco, a pesar de todo lo que he probado.


He intentado tomar un par de cervezas, o whiskey y me adormecen, pero a las 4.00 a.m. despierto como si escuchara una alarma.


He probado el tequila y el vodka, pero éstos me aceleran más.


He probado el vino tinto, pero algún científico clama que provoca un efecto similar a la cafeína.


He probado somníferos pero los efectos secundarios atontan.


He probado la valeriana, la tila y otras hierbas, pero me hacen lo que el aire a Juárez.


He probado homeopatía, pero siento que me tengo que lavar los dientes cada vez que me tomo los chochos -turroncitos de azúcar bañados de las sustancias-, y como son cuatro cada x horas me la paso cepillándome el azúcar blanca.


He probado la meditación, la yoga, respiraciones, y lo mismo.


He probado el ejercicio y a veces me funciona, pero otras veces me acelera.


He probado cambiar mi estilo de vida y nada.


He probado no tocar la cafeína y lo mismo.


He probado médicos, me he hecho exámenes de todo tipo y nada, estoy normal.


He probado ignorar el insomnio, hacer como que no está ahí, como si no existiera, como diciéndole: no me importa, no me importas, me vales, me vaaaleeees. Pero ¡no me vale!


A veces me levanto y escribo —dicen que son horas de creatividad pura, pero yo me siento atolondrado.


A veces veo la televisión, los programas que anuncian productos para bajar de peso, para mejorar el aliento, para no tener barriga, para no sudar, para blanquear los dientes.


A veces leo y me da sueño pero cuando decido dormirme, vuelvo a pelar el ojo.


A veces doy vueltas para ver si llegó el periódico. A veces doy hasta cinco o seis vueltas, aun a sabiendas que nunca llegará antes de las 4.30 de la mañana.


A veces voy al baño aunque no tenga ganas.


No sé qué hacer con el insomnio. Un amigo escultor me dijo que todos los grandes hombres tienen ojeras y desde entonces me la paso viéndolos.


Veo las ojeras de presidentes y líderes mundiales, de empresarios, artistas, escritores y hasta de mis vecinos, amigos, limosneros, como queriendo comprobar que las personas exitosas las tienen y las fracasadas no.


Ah, y me acuerdo de Romina, mi amiga. Es guapísima pero ella piensa que está muy narigona. En mi opinión se ve distinguida, como aristócrata, pero ella se la pasa viendo narices y amenazando con una cirugía estética.


A quien se les está cayendo el pelo se la pasan viendo cabelleras; a los que les está saliendo barriga se la pasan viendo barrigas, quien se está haciendo petacón, igual.


Mira, insomnio. Te reto, te reto a que me molestes más. Te voy a ignorar de ahora en adelante, lo peor que puede pasar es que cambie mi horario de trabajo. De hoy en adelante voy a portar mis ojeras con orgullo, aunque sólo yo las vea grandes.


A los pocos días fui con un Doctor del sueño.


—Ideako, ¿no duermes bien o percibes que no duermes bien? —me dijo el doctor.


Pensé: ya no me confunda más, doctor.


Nadie se ha muerto de insomnio y, si fuera así, como quiera todos nos vamos a morir.

Ahí seguro que dormiré bastante.


Buenos días, insomnio. Soy yo, Ideako.


Son las 4.34 de la mañana de un martes lluvioso. Estoy escribiendo en la computadora.


Pero me levanté de buen humor, no luché contra ti, me puse mi viejísima bata roja y bajé a la cocina. Por la hora, no había ningún ruido en la calle, si acaso alguno que otro de los fantasmas de mi vecindario y que ya me acostumbré a ellos.


Preparé mi café orgánico de Chiapas. Estoy aquí saboreándolo mientras escribo estas líneas. Puse música barroca, con el volumen muy bajo.


En lugar de enojarme, lo que tengo que hacer es darte las gracias por aparecer a esta hora de la mañana. Esta vez decido que, en lugar de ponerme a luchar contigo y revolcarme en la cama maldiciendo, mejor me levanto y me pongo a escribir.


Gracias, insomnio. Tengo casi cuatro horas más para escribir concentrado en este silencio de madrugada, o igual reparto las horas entre escribir, leer y pintar.


El cafecito está muy bueno, y esto, querido insomnio, tú nunca lo podrás saborear.


Siguiente, parte 13: La Soledad

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