Ideako y su Mente Voladora Parte 10

Ideako y su Mente Voladora Parte 10
Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(
Esta es una historia ficticia con toques de realidad, y/o una real con toques de ficción, que fue escrita hace más de una década...... como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

 

Del Viaje y la Habitación 514

Con el viaje tienes mucho tiempo para pensar. De las 52 semanas del año estaba fuera 35. ¿Suena glamoroso? Lo fue en su tiempo.

Recién egresado de la Universidad anhelaba ansiosamente que me enviaran en viaje de negocios. Podía ser para atender la queja de un cliente o para recabar la firma de algún directivo importante; lo que fuera con tal de viajar.

Pero ya no es así.

 


Fue al regreso de Greensboro, en Carolina del Norte, cuando la gota se derramó.

 

Después de una mala noche, me levanté a las 5.00 am para tomar el avión de las 7.45. Era domingo y el plan era llegar a México a las 12.45, a tiempo para la comida familiar. Pero llegué a las 17.45 del día siguiente.

 


Diez minutos antes de abordar el vuelo programado anunciaron una falla mecánica y pidieron que hiciéramos fila en el mostrador para que los agentes nos dieran opciones de vuelo. Después de una hora de espera decidí ir a buscar un boleto con otras aerolíneas. Nada. Greensboro es pequeño y, como había un gran evento ahí, todos los vuelos estaban saturados.

 


Después de dos semanas de estar en este pueblito quería regresar a como diera lugar. Señorita, por favor mándeme vía Atlanta, Houston, Dallas, Nueva York o Chicago, sólo sáqueme de aquí. Pero no se podía por las limitaciones del boleto promocional que traía: que no hay pasillo ni ventana; no hay lugar a ninguno de esos destinos; sólo hay disponibilidad para el día siguiente en stand by.

 


Nos pidieron que fuéramos por las maletas. Las mías estaban perdidas —y eso que ni siquiera salió el avión. Una hora y media tardaron en encontrarlas. Se calentaron los ánimos: los pasajeros empezaron a insultar y gritar.

 


Cinco horas después, con hambre, tenso, molesto, me consiguieron un lugar en el vuelo a Atlanta. Era un avión pequeño de dos plazas de cada lado. Me tocó una ventana y de vecino un hombre obeso y enorme. Al sentarme, todo mi lado derecho sentía todo su lado izquierdo. Excepto la cabeza, sentía las formas y el volumen de su figura. Sentí que el aire se me iba.

 


Decidí bajarme del avión. Me sentí mal por el señor y me sentí mal por lo intolerante que me había portado, pero me dio miedo la falta de aire.

 


Como ya habían subido las maletas al avión, se pusieron a buscar las mías para bajarlas. Sólo bajaron una y la otra se fue a su destino original.

 


No había de otra, a Charlotte en carretera, una ciudad a dos horas de ahí. Ahí dormiría y el día siguiente volaría a Dallas y de ahí a México. Encontré un hotel hasta el cuarto intento; llegué a pensar que lo mejor era que el taxi me llevara a México.

 


El restaurante estaba cerrado. Encontré una tienda de conveniencia y compré galletas, cacahuates, chicles, dos cervezas, dos revistas, un chocolate con almendras, agua y no sé cuantas cosas más que engullí mientras veía la televisión.
Hay gente que con la ansiedad se le quita el hambre, dichosos. Pijamas, ni para qué, ya habían llegado a México. Hacía frío en la habitación y la calefacción no estaba conectada: “It’s not winter time yet, señor”. Me acosté pensando en Chevy Chase.

 


Este tipo de viaje me tiene cansado; pero también hay otro tipo de viajes interesantes: los astrales, físicos y mentales.

 


El viaje es como estar en el limbo. En ese lugar que no es ni cielo ni infierno ni purgatorio. En el limbo simplemente se está en veremos, en un entretanto.

 


Si vas cómodo y no te toca viajar al lado de situaciones o personas imposibles, el trayecto puede ser interesante. Si es en tren, en avión o autobús, no puedes salirte del artefacto; tienes que quedarte ahí hasta llegar a una parada programada. Entonces te quedas quieto. Dejas de preocuparte por hacer algo productivo.

 

Te echas a dormir, te pones a leer, te quedas viendo al techo; te das permiso de muchas cosas porque no tienes opción. Y empieza la fantasía, las memorias, la imaginación, la meditación. La mente se va quién sabe a dónde y se convierte en un viaje mental.

 


En los aviones algunos pasajeros se ponen a beber alcohol como si se tratara de una fiesta o si sufrieran un despecho amoroso: Uno, otro, otro, otro; -señodita, no sea maditaa, una más pod favod, ¿sssííí? A éstos no les basta el escape temporal del traslado y la visita al limbo.

 


No falta el conversador que se topa con el que está harto; el señor que quiere ligarse a la muchacha que no tiene escapatoria; el saludador amigo de todos; el malhumorado quejándose del servicio; ah, y el zombie que nunca falta y que normalmente se le reconoce por su corbata desabrochada y la mirada perdida.

 


El viaje sabe a miel cuando tienes veinte años pero en exceso es como un castigo. ¿Millas extras de premio, más boletos de avión? No, gracias, si me quieren premiar, no me obliguen a viajar más.

 


De joven te sientes importante, mundano, conocedor, conquistador. Cualquier contacto con el sexo opuesto es una ocasión de posibilidad romántica. Es que el viaje es permisivo.

 


Pero es horrible cuando las maletas no llegan; que se cancelen los vuelos; que te acomoden en asiento de en medio, allá en el fondo junto a los baños; que te dé diarrea en pleno vuelo; que no te sirvan de beber porque están muy ocupados; que el taxi no conozca tu destino; que el hotel sea sucio y ruidoso, viejo y oloroso.

 

¿Viajero amargado? Puede ser, pero el viaje de placer es otra cosa: los tiempos son laxos, no haycitas y el ambiente es otro. Hay inconvenientes, pero es diferente.

 


Me quejo del viaje cada vez que puedo.

 

Me quejo de que no viajo lo suficiente.


Cuando no salgo y pasan tres o cuatro semanas me siento ansioso y quiero salir otra vez.

 


Recuerdo un viaje y la habitación 514.

 


Aaaahhh, la habitación 514.

 

Fue una cosa deliciosa. El cuarto del hotel me sentó bien. Amplio, limpio, fresco. Sólo yo y nadie más. Ahí estaba. Me arrullaba el aire acondicionado y frente a mí estaban dos camas para que escogiera .

 


La luz perfecta. El sillón un poco incómodo, pero era mío. Suspiraba tranquilo. Podía arrojar la ropa a donde quisiera, podía bañarme con la puerta abierta, podía vestirme sin prisa. Podía tomarme mi tiempo para rasurarme y verme en el espejo todo lo que yo quisiera. Podía bailar o cantar por toda la habitación, desnudo o vestido.

 


Una habitación de hotel de medio pelo y yo lo sentía como un pedazo del cielo.

Todo era perfecto.

 


Me acompañaba con una buena cantidad de revistas. Ah, cómo gozo las revistas. Revistas de negocios, de moda, de chismes. Podía leerlas a mi paso y detenerme a ver el más banal de los anuncios.

 


Ahí estaba aislado. Solo, tranquilo, en silencio. Nadie a quién regañar ni nadie que me regañara. No había ocasión para discusiones. No había necesidad de iniciar una conversación; si acaso con uno mismo. Pero la verdad, ni ganas de conversar. Tan sólo era cuestión de estar ahí. Sin demandas, sin presiones, sin responsabilidades.

El tiempo y el espacio eran míos.

 


Fui adoptado temporalmente por el 514. Me masajeó el alma y me descansó el cuerpo. Tranquilo, privado, anónimo.

 


Ahhh, suspiraba, ahhh, qué placer. Ahhh, qué bien me siento aquí.

 

Abandonado al placer privado, una voz interna súbitamente me asaltó con fuerza y de manera súbita llegó una energía demandando mi atención.

 


—Ideakoooo, Ideakoooo. Cuidadoooo, cuidaddoooo. Estás disfrutando de más. Cuidado porque te puede gustar. Tienes que seguir siendo competitivo, luchando, peleando. No te relajes tanto.

 


Y mi cuerpo se encogió. Primero fue el miedo, el mecanismo de defensa; luego fueron las ganas de agarrar esa voz que me asaltó y ahorcarla, y después las ganas de salir corriendo del lugar.


Se me olvidaba, se me olvidaba mi carrera al éxito. Esa carrera que no da chanza de descansar, que no da permiso, que no deja reflexionar, que demanda presión constante.

 


¡No hay victoria para el que descansa! Ideako, ¡levántate! el deber te llama!
Encerrado en un cuarto no se puede cumplir. Hay que estar frente a la acción; frente a las citas, los encuentros, las negociaciones. El trabajo tiene que ser mucho y tiene que ser productivo.

 


Gulp, si me encierro no avanzo. Tengo que salir del cuarto y regresar a la vida. Tengo familia y me está esperando. Pero ahí no queda la cosa.

 

Mañana tengo que trabajar. Tengo que atender a mis empleados y a mis jefes.

Tengo responsabilidades.

 


Tengo peso sobre la espalda. Tengo que cuidar el flujo de efectivo y ver la forma de incrementar el margen de los productos que vendemos. Tengo que lidiar con un competidor nuevo que nos pirateó a tres personas. Tengo que correr a Franz, no sabe hacer equipo. Tengo miedo de que me corran a mí por no correrlo. Tengo que gastar energía en agrandar mi puesto. Tengo que hacer lo urgente cuando realmente lo que quiero hacer es lo importante. Tengo que decidir la diferencia entre lo urgente y lo importante; la diferencia entre eficacia y eficiencia.

 


La familia y el trabajo son un tesoro, pero hasta de los tesoros se necesita distancia de vez en cuando. Ahí está el rey Midas, que se indigestó con su oro.

 


Odio los viajes, pero los amo. De repente aparece un viaje como el de la habitación 514 y no quiero que termine; pero si no terminara ya no sería viaje...

 


Me levanto de la tina de baño, aviento el periódico medio mojado. Vacío la copa de vino tinto al excusado. Me seco, me visto, empaco, checo la salida, tomo un taxi al aeropuerto. Señorita, quiero adelantar mi vuelo a Monterrey para aprovechar parte del día en la oficina, ¿me puede ayudar?


(En 15 Días Parte 11)

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Horacio Marchand

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by Horacio Marchand