Ideako y su Mente Voladora parte 8

Ideako y su Mente Voladora Parte 8

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)


El trabajo

El primer día. Llegué a mi oficina. Trajeado, sonreía a quien fuese. Mi esposa me había despedido en la puerta de mi casa, como la rutina normal: el marido a la oficina, la señora en la casa, los hijos a la escuela. Hasta le dije bye al perro. Me sentía orgulloso: me vestí con mi mejor traje, con mi mejor corbata, roja, atrevida, conquistadora.

Me senté en mi escritorio. Había un teléfono que compartiría con alguien. Esperé al responsable de recursos humanos para que me presentara con el equipo de trabajo. Ahí estaba yo, sentadito, tomando un café negro.

César me consiguió trabajo en un banco. Me pusieron a cobrar los créditos que se habían vencido o truncado por la mega devaluación. Acabé trabajando en uno de esos bancos...

Lo siento Señor, tiene que pagar o le quito su casa. ¿Que ya no vive ahí? Lo siento mucho, como quiera se la vamos a quitar. Pague señor, pague. Ayude a que yo gane mi comisión. Pague.

Odiaba este trabajo.

El ambiente era malo. Todos nos veíamos --los cuarenta que éramos, como preguntándonos si teníamos que estar ahí haciendo eso tan desagradable. Pero llevaba dinero a la casa. Me volví a ganar el respeto en mi hogar: el perro saludaba moviendo la cola, los niños gritaban ¡Papá! cuando llegaba, mi señora sonreía, y lo más importante, la cocinera me empezó a sorprender otra vez con mis platillos favoritos. Ya no le debíamos ninguna semana y otra vez fue la dulce Toña.

¿Acaso valgo por el cheque de mi quincena?

Cuando sentí más seguridad, me cambié de empleo. Eso de andarle quitando casas a las gentes no me gustó. Quizá algún día sería mi casa la que estuviera en esa lista negra, horror.

Mi nuevo empleo era un negocio relacionado a la computación y apenas empezaba el interés por el Internet. Ganaba más dinero. Pagué mis deudas. Casi todo funcionaba bien. Excepto esa jefa fría, exigente e inflexible —al menos así la consideraba yo.

El trabajo era bueno, estimulante, con un nivel de reto aceptable. Lo complicado era la gente. Todos corriendo, acelerados.

Aunque no por el físico, esta jefa me recordaba a mi tía Cuca. Eso ha de ser. Me recuerda a mi tía. Transferencia, le llaman algunos psicólogos; proyección, le llaman otros.

De soltero viví una temporada con mi tía Cuca. Era obsesivo-compulsiva, como mi jefa actual, como muchos de mis colegas.

Los domingos mi tía Cuca irrumpía por la mañana, como a las 10. Como estallando de furia, como si se hubiera pasado dos horas conteniéndose, llegaba y de un solo movimiento abría las cortinas y gritaba.

—¡Levántateeee! ¡Recoge tu cuartoooo! ¡Limpia tus cajoneeeees! ¡Lava tu carrooo! ¡Andaleeeee!

Prendía la luz, como si el radiante brillo de la ventana abierta fuera insuficiente; como si yo fuera Drácula y Cuca quisiera matarme.

—¡Ándale! ¡Rápido!

—Tía, es domingo, por amor de Dios.

—¡Recoge tu cuarto!

La Cuca era un caso.

Y mi jefa, otro. Pero no sé cómo puede recordarme a mi tía Cuca, si mi jefa era guapa e inteligente, de 36 años. Tenía un nombre glamoroso, Edith Pamplona, y hasta un novio millonario. Se me haría fácil decir que era una vieja amargada porque le faltaba “mantenimiento” o porque era fea o insegura, pero no, era buena persona, amable y además una triatlonista dedicada. Pero en algún rincón del subconsciente me recordaba a la tía Cuca: me presionaba de más, me hostigaba, me traía cortito. Era necia.

O quizá Edith me fascinaba tanto y me sentía tan fuera de su liga, tan pequeño ante esa personalidad y belleza, que me dio por caerme mal, por racionalizar mi distancia.

Mi tía Cuca y Edith Pamplona lidiaban con la vida haciendo cosas.

Yo lidiaba con la vida pensando. Y eso desgasta, consume.

Entre ser compulsivo u obsesivo yo creo que me quedaba con lo compulsivo. La compulsión te activa; la acción y la energía son una fuerza centrífuga. La obsesión te pone a pensar circularmente y es una fuerza centrípeta, que se acaba yendo contra ti.

Pareciera que para hacerla en la vida capitalista se tiene que ser obsesivo-compulsivo. Todos lo somos. Los que más dinero hacen piensan y hacen lo de siempre por años y el establishment los premia: hacen dinero.

Sin embargo, algunos se pierden en el camino, como el jefe nuevo que llegó el día que Edith Pamplona se fue a trabajar con la competencia. Lástima que se fue; con todo y que me recordara a mi Tía Cuca, con todo y que me enfrentaba a mi complejo de inferioridad sistemáticamente.

Se llamaba Ted Willars, y me hizo extrañar a Edith desde el momento en que lo vi. Era nefasto: rubio, de lentes, corpulento, pelo liso y largo, arrogante, casi no te miraba a los ojos. Enrojecía cuando se enojaba: todo el tiempo.

Pensé que yo era para otro tipo de trabajo, en otro entorno, con otro ambiente. O acaso sería que yo, definitivamente, no quería tener jefe...

Extrañaba profundamente a Edith. ¿Por qué te fuiste, Edith? Llévame contigo, por favor. ¡Llévame contigoooo!

Un día Ted me gritó sin razón en una junta, le pegó a la mesa cuatro veces con el puño y maldijo.

Interrumpiendo la junta, me salí de ahí,y las manos me temblaban del coraje. Le pedí a Ted que me acompañara un segundo afuera y cuando estuvimos solos le pregunté con energía: “Who the fuck do you think you are?” Se lo dije en inglés porque ésa era su lengua materna y quería que el mensaje llegara al fondo de su psique. No paré ahí, le dije que estaba harto de sus críticas destructivas, de sus llamadas a las 11 de la noche, de sus demandas infantiles.

Y me fue como en feria. Y desde ahí me quiso cada vez menos.

Ya hablé con el jefe de mi jefe, el presidente de la compañía, y con el departamento de Recursos Humanos; les imploré que quería reportarle a alguien más, pero nunca pasó nada.

De practicante, y mientras estudiaba, había tenido otros jefes antes que Edith y Ted. Recuerdo a Mike Díaz, un agradable cubano-estadounidense. No le gustaba meterse en problemas y era hands-off, como él mismo decía, lo que me daba la oportunidad de hacerme notar en la empresa con mayor facilidad.

Mike fumaba mucho, comía con gula y salía con la secretaria, que se llamaba Olga, una bella mujer de ojos claros de fisonomía eslava. Mike no hacía otra cosa que trabajar y relacionarse con ella. Su esposa lo dejó, sus hijos y sus hijas crecieron y se fueron. Pero Olga compensaba bien sus carencias; eso aparentaba.

Mike era un genio de la política y la grilla. No hacía nada más que grillar, hasta que llegó a ser presidente de la compañía.

También tuve un jefe español naturalizado mexicano. Éste era más atropellado, desde su nombre: Severiano Ramblas. Hablaba con firmeza y la gente creía que era por enojado, pero no.

En sus ratos libres y alejado de la grilla corporativa Severiano manejaba un negocio familiar donde se vendían vinos, jamones, panes, aceitunas, aceites, mejillones; como aferrándose a su patria, pero él antes que nada se sentía mexicano. Amaba el tequila Porfidio, se sabía todos los usos y aplicaciones del verbo chingar, cantaba perfectamente las rancheras de José Alfredo Jiménez y cuando se emborrachaba le daba por imitar al Chavo del Ocho, a Kiko y a Cantinflas, y, sobre todas las cosas, amaba a su esposa tamaulipeca que se llamaba como muchas mexicanas: María.

En medio de la jungla corporativa con frecuencia pensaba en Catemaco, el pueblecito de mi niñez donde Flora, la cocinera, me contaba cuentos de magia, de espíritus y entes fantásticos. Aunque sólo viví siete años ahí lo recuerdo con claridad y con frecuencia.

También tengo memorias del Distrito Federal —antes de que fuera la ciudad más grande del mundo: del parque de Chapultepec con sus lanchas de pedales, de la montaña rusa, del metro, de las pirámides y de las visitas que hacíamos a mis abuelos paternos que se mudaron de Los Altos de Jalisco. Aunque acabamos en Monterrey por una oportunidad que se le presentó a mi Padre, además mis abuelos maternos eran norteños de pueblitos cerca de la metrópoli.

Algunos de sus habitantes llaman a esta ciudad “la Máquina”. Es contagioso el espíritu emprendedor y la obsesión y la compulsión por el trabajo. Casi no hay teatros, hay poca vida cultural y a los placeres mundanos —en público— se les mira para abajo; hay pocos cafés que inviten a la filosofía.

Todo es jalar y empujar. Órale, jalando, pues qué le vamos a hacer. Además, como me dice Julio, mi amigo queretano: Monterrey tiene un clima muy constante, siempre está de la fregada; como me dice Luis, mi amigo veracruzano: los regiomontanos viven para trabajar.

No aguanté a Ted Willars y renuncié.

Terminé en una compañía multinacional que todavía está en manos de mexicanos, aunque creo que es cuestión de tiempo para que la compren los extranjeros, con eso de la globalización.

La empresa es de lo mejor y tengo una posición envidiable: paga bien y da prestigio. Este puesto lo conseguí después de años de lucha y trabajo. Hice lo que tenía que hacer, me porté como tenía que hacerlo, vestí como tenía que vestirme. Hice los rituales apropiados: cenas, comidas, atenciones; nada me faltó y lo logré. Ya no existía la crisis personal y lo económico estaba bien resuelto. Mi jefe, tranquilo, buena persona.

Empero, no hay trabajo perfecto, todo tiene un precio y el precio de trabajar en este corporativo era –otra vez- la política, la grilla, las intrigas, los bandos. Una llamada, una mirada, un comentario, un venenoso e-mail.

Las mentiras eran lo peor. Medias verdades, omisiones o lo que fuese. Los jefes les mentían a sus jefes y sus jefes a sus jefes, hasta el Consejo de Administración. Se les mentía a los inversionistas, nos mentíamos entre nosotros y le mentíamos a los subordinados. Nadie quiere perder el estilo, la cara. Nadie acepta la culpa de lo malo y todos quieren aceptar la responsabilidad de lo bueno.

Falsedad. Esa falsedad la cargaba conmigo. La cargaba conmigo a mi hogar, donde también en forma parecida percibía bandos, intrigas y luchas de poder.

Ah, y Plutarco. Plutarco era el sub-director y el capo del lugar. Tenía su séquito de compinches, su harem, su banco, sus infiltrados y sus espías.

Dicen que organiza fiestas con abundante bebida, comida y hasta drogas. Pero en la oficina ese equipo parecía que tenía un pacto con el diablo porque las cosas funcionaban y trabajaban bien, eran competentes; a pesar de que todo lo que hacían era cuestionable: inflaban números, exageraban logros y minimizaban fracasos.

Tenían a Plutarco rodeado siempre de auditores y jamás le pudieron comprobar algo chueco. Ésa es era la fuerza negativa en acción, la magia negra, donde los malos acababan ganando, impunes. Ésa es la comprobación de que el crimen a veces sí paga, que la vida a veces tarda en cobrar y a veces se le olvida. A Plutarco todo le salía bien; todos se quejaban de su banda pero nadie se atrevía a quejarse de él.

Me acordaba de repente de Lucas, un tipo héroe, que lo despidieron por idealista, por su compromiso tan arraigado con la empresa que perdió su enfoque práctico. “Se parece a Don Quijote”, dijo el presidente de la compañía.

Y yo no quiero ser un Don Quijote. Yo no quiero ser un Plutarco. Y no quiero ser un Zombie.

(En dos semanas la parte 9: El Zombie)

 

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Horacio Marchand

La estrategia está donde se invierte tiempo, dinero y atención; es lo que se hace todos los días.

by Horacio Marchand