Ideako y su Mente Voladora Parte 7

Ideako y su Mente Voladora Parte 7

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

Del dinero y los negocios

Ah, el dinero.

El dinero fue el tema central una vez que terminé la universidad. Estudiar algo relacionado con negocios era algo obvio. Había que hacer dinero, salir eventualmente en la portada de Fortune, Business Week, América Economía, Expansión o por lo menos en la primera página del Wall Street Journal.

Yo, el muchacho más rico del mundo, el Bill Gates mexicano, el genio de las finanzas. Sí, dinero a montones. Después de todo, yo era otra vez el chico maravilla. Todo mundo me lo decía.

Leí lo que había que leer en temas de negocios, fui a seminarios, conferencias, y establecí mi primer negocio para dejar salir esa furia del recién egresado al mundo laboral.

De jovencito siempre me gustó ponerme saco y corbata porque me hacían lucir más grande y formal. Disfrutaba al cargar el maletín y hacer viajes de negocios.

Yo la iba a hacer, les demostraría a todos quién soy: a mis compañeros, a mis colegas, a mi familia y, sobre todo, a todas las mujeres que no me hicieron caso. Se arrepentirán, la voy a hacer en grande, me desearán con añoranza de lo que pudo haber sido.

Y arranqué un negocio y por los primeros tres años me fue bastante bien, pero terminé por cerrarlo. Se vino una devaluación de ésas que favorecen a los exportadores y eliminan a los importadores como yo. De ésas en las que la reserva de dólares se está terminando y los encaramados en el poder tienen a bien anunciarles con tiempo a sus amigos empresarios y a sus colaboradores, quienes se dedican a comprar por montones dólares agudizando la situación.

 

Las tasas de intereses se dispararon y de pronto el banco se sintió mi dueño. Desgraciados, ¿cómo quieren que les pague si la tasa de interés subió –en sólo 60 días- del 25 por ciento anual al 134 por ciento? ¿si la devaluación llevó al peso de 3 x dólar a casi 9?

Aunque en México las crisis económicas eran costumbre, esta fue desastrosa y el país quedó devastado. Miles de personas perdieron sus casas hipotecadas o simplemente las abandonaron para que el banco tomara posesión de ellas; aunque la banca no las quería, no les quedó de otra.

Miles de automóviles que eran pagados puntualmente, mes a mes, fueron devueltos. Pocos podían pagar y absorber ese incremento.

En esta crisis, como en las anteriores, nació una nueva clase en México: los nuevos pobres.

Se dispararon los problemas laborales, de negocios y emocionales. Mexicanos contra mexicanos: proveedores contra clientes, amigos contra amigos, familias contra familias y uno contra uno mismo.

Subieron las tasas de suicido, los problemas de depresión, los divorcios. La mayoría de los mexicanos en edad económicamente activa quedaron fichados en la lista negra como no pagadores en el Buró del Crédito. Sólo un puñado de personas, los potentados, los grandes, los exportadores, los amigos del sistema, quedaron a salvo; y si no, los salvó el Fobaproa o como le llamen.

Y ahora mis deliberaciones, en lugar de ser filosóficas y psicológicas, versaban sobre negocios, dinero, pagar deudas, ganarme la vida.

No sabía qué hacer. Tenía deudas, no tenía dinero ni un plan. Pero esta crisis no era tan relevante con la crisis personal que había sufrido antes.

Las crisis no lo son mientras no sean personales. Estaba triste y preocupado, pero me tenía a mí; esto es lo más importante de todo.

Pensaba en qué hacer. Un amigo, César —quien había comprado coberturas cambiarias y era exportador—, se hizo más rico con las cuestiones financieras que con las operaciones normales de un negocio o con algún puestazo en una empresa corporativa. Así que era más fácil ganar dinero depositándolo en el banco o en la casa de bolsa, que ganarlo trabajando.

Cash is king.

Empecé a buscar empleo; toqué puertas, hice llamadas, imploré, pero nada.

Los nervios me empezaron a comer.

Y yo a comer de más. Subí de peso, la barriga se imponía. El perro me ladraba.

La casa me expulsaba como el botón de eject en un cd player, como el tapón de una botella de champaña agitada.

Había caído en una rutina de recién nacido: me despertaba el hambre y, cuando me daba sueño, dormía; despertaba con antojos, iba a la cocina, comía y bebía algo, me sentaba en el reclinable y a dormir otra vez. Un ciclo perfecto hacia algún agujero oscuro.

Tenía malos hábitos, tenía problemas, pero aún me sentía a mí mismo, con cierta fuerza. Comparaba esta crisis con la que me había avasallado antes y, la verdad, ésta no era tan grande. Nada como aquélla depresión. Nada como sentir que rozas la locura, que te arrolla la duda, que el miedo te doblega, que te quedas sin energía.

Y en mi vasto tiempo libre nuevamente me encontré pensando en la máquina del tiempo. Regresaría y nunca me habría convertido en importador, habría comprado dólares un día antes de la devaluación. Nunca habría pedido dinero prestado al banco.

Al día siguiente me calcé unos tenis y una camiseta que decía California Heaven y lo hice. Me decidí a cambiar mis hábitos, a declararle la guerra a esa silenciosa entropía.

Salí para hacer ejercicio. Me dirigí a un popular parque que se atiborra de deportistas cada mañana, todos —me dije— eran gente como yo. De pronto sentí un estímulo interesante al ver muchachas en shorts corriendo y estirándose con gracia: juventud, fuerza, sudor, energía.

Que temporalmente no tuviera trabajo ni dinero, eso no importaba; sólo yo sabía mi situación.

Saludaba a todo el mundo, hola amigos y amigas deportistas, colegas, ahí voy yo; corriendo como ustedes, qué listos somos, qué bien que hacemos algo por este cuerpo que atrapa al alma, ahí voy, bien, muy bien, bien, sonrío, bien, muy bien, uno, dos, uno dos, respira hondo, fiuuuuuuuueeaahhha.

Empecé muy bien. Sentí la brisa del cambio en mi rostro e imprimí una velocidad que por lo visto no era suficiente. Me empezaron a rebasar casi todas las muchachas —incluso gente mayor— y empecé a apretar el paso. Qué vergüenza que me ganen.

 

Noté que cada vez que pasaba una mujer, como perro pavloviano, me daba por acelerar el paso y enderezar la postura. Uno, dos, uno, dos, quería impresionarlas, pero ya no podía más. Estaba seguro de que mi cara de puje ya se estaba manifestando, los pasos y los movimientos seguramente se veían torpes, rígidos, difíciles, unnoooaaaujuu, doussdouuuuufffff, unooooamaaamuuu, doissssssuuufff.

Seguía luchando, estaba demasiado consciente de mi alrededor, demasiado auto-monitoreo. Y ya no podía más. Pujaba, miraba, luchaba por mantener el paso. El aire se me había ido, el pecho me ardía.

De repente miré a una preciosa mujer joven corriendo directamente en mi contra, como si se dirigiera a mí. La veía y miraba sus piernas, su pelo, sus shorts justos en los lugares precisos, su pelo recogido y largo.A ésta sí le voy a poder sonreír; viene hacia mí y voy a hacer contacto visual con ella, quizá lo está haciendo a propósito; qué bien corre, qué belleza. Sonríe, Ideako, sonríe, límpiate el sudor, acelera el paso, cuida tus movimientos, derechito. Ay, qué pechos, que piernas.

Pero tropiezo.

Por poco me caigo.

Ojala me hubiera caído porque en el esfuerzo por evitarlo mi cuerpo se desdobló en formas extrañas, sin gracia, con torpeza. Como muñeco de trapo descoordinado que hacía lo imposible por evitar la vergüenza frente a ese monumento de mujer.

Pum, pum, pum, cataplum. Iuuurrruuhgggarrggh. Aarrggggghhhhhh.

Me senté para recuperarme. De seguro le provoqué pena ajena a todo el mundo.

Ella sigue corriendo, me miró, le bajó un poco al paso. Con la mirada me pregunta si estoy bien, con mi mirada le digo que no pasó nada. Y ella se va. Sigue corriendo. Ya no quise voltear, no podía de la vergüenza.

Me reincorporé, como si nada hubiera pasado. Seguí corriendo como estúpido, como queriendo engañar a los cientos de personas que de seguro vieron mis movimientos torpes. Tras unos cinco minutos me animé a buscarla a ver si todavía estaba por ahí; pensé que hasta nos habríamos hecho amigos si no hubiera tropezado.

La vi y nada, ni voltea ni me tiene en su cabeza. Quizá aceleró el paso para alejarse de mí. De este pobre diablo que no tiene trabajo. Quizá lo sabía, quizá se dio cuenta por mi cara de amargura, o quizá fue mi panza la que me delató. Loser! Loser! Loser! Looooossserrr!

Llegué derrotado a casa. Me bañé con agua hirviendo cuando debí hacerlo con agua fría para estimular la circulación. El agua fría te da energía, te hace fuerte, te incrementa los mecanismos de defensa, cuando menos eso decía el doctor Breuer –mentor de Freud-que se lo recetaba a sus pacientes.

Desayuné una vieja dona de chocolate y me puse a llamar a algunos amigos. En mi casa ya nadie me quiere. Necesito salir.

Uno de mis amigos se compadeció y me citó en un café.

Me dio un gusto enorme tener una cita a la mañana siguiente.

Le dije a mi esposa, le dije a mis hijos, me cercioré de que la cocinera me escuchara. Hasta miré al perro, como si le informara. Me fui a dormir temprano pero no logré conciliar el sueño. Me levanté y, sin desayunar, llegué a la cafetería dos horas antes.

A esa hora no había gente, eran las 6:30 de la mañana. Compré un periódico en el camino y ordené un café espresso, para despertar, y me puse a leer.

El espresso me lo eché como trago de tequila y pedí un americano para que me durara más; faltaba hora y media. Leí todo el periódico con detalle, no dejé nada sin leer. Revisé los avisos de ocasión, sobre todo la sección de empleos, personales y negocios.

La mesera se llamaba Juani, según decía su gafete. Le pedí una pluma y me la prestó, condicionándome su regreso.

Me pregunté en qué soñaría Juani. Cómo sería su vida, qué hace después del trabajo. Si tuviera la máquina lectora de sueños de Ciro Peraloca lo podría saber pero ahora no la puedo comprar, necesito primero asegurar el gasto corriente.

Subrayé lo que parecía interesante en los avisos de ocasión. Luego puse círculos a los que consideraba de mayor valor. Después flechas, rectángulos, triángulos; mi amigo no llegaba.

Pasaban ya de las nueve.

Después de tres horas me harté del sabor de los panes con mantequilla y miel de abeja. La boca me sabía a café. A café excesivo, al café del desesperado, al café que se toma diez o no sé cuantas veces, al café del desempleado.

La sección de avisos de ocasión estaba rayada, parecía que había marcado todo. Sólo yo le entendía, creo.

Sujetaba el periódico pero no se quedaba firme: temblaba por el exceso de cafeína, se agitaba como si tuviera vida propia. Quédate quieto, desgraciado periódico, la gente nos mira.

Juani me miraba con una ligera expresión de desprecio, como pensando que yo sólo quería usar la cafetería como oficina.

Ya le había regresado la pluma. Ya no regresaba sonriente a ver si me ofrecía algo más. Cada vez que pasaba se cercioraba de que ya me había dado la cuenta y la miraba: paga y vete, parecía decirme. Y sí, ahí estaba la cuenta esperando todavía a que llegara mi amigo para pagarla. Con la emoción se me había olvidado mi cartera en la casa.

 

No llegaba. Pensé en huir corriendo. En desaparecer. Pensé en la máquina del tiempo. Pensé en mi familia. Me vi lavando platos, limpiando baños para pagar la maldita cuenta en este café.

Quería volver el estómago, quería vomitar. Sentía el reflujo del café, sentía lo amargo; ojalá le hubiera añadido azúcar y leche, pero me gustaba negro, negro como sentía mi alma, negro como mi panorama, como mi futuro. Ah, sí, meserita, me miras feo, pero qué tal si vomitara, ¿tú tendrías que limpiar, verdad? Empecé a sudar, mis manos seguían temblando, mi respiración corta y acelerada. Ay, no, vomitar no, quizá sea yo mismo el que tenga que limpiar.

—Hola, Ideako, ¿cómo estás, llegaste hace mucho, pediste algo? Era César, impecable, elegante, con una corbata vino oscuro, sonriendo.

No pude decir palabra. Tenía miedo. Sentí ganas de llorar no sé ni por qué, quizá de gusto porque había llegado quien pagaría mi cuenta. Quizá por la náusea por el exceso de café, quizá por autodestructiva lástima de mí mismo.

César se sentó y me puso la mano en el hombro.

Preocupado, llamó a la señorita que había pasado del amor al odio en apenas tres horas y media y le dijo con firmeza: “Señorita, café para el señor, le gusta negro, por favor”.

(parte 8 siguiente semana)

 

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Horacio Marchand

La estrategia está donde se invierte tiempo, dinero y atención; es lo que se hace todos los días.

by Horacio Marchand