Ideako y su Mente Voladora Parte 6

Ideako y su Mente Voladora Parte 6

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines  

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

Sáquenme de aquí por favor. 

Yo me quería ir de México inmediatamente. Quería estar solo. Mis lecturas, la terapia, las dinámicas, mis ejercicios de doble silla a-la-Gestalt me habían hecho entender muchas cosas. Pero lo que realmente quería era largarme, alejarme de todo. 

Pensé en estudiar una maestría, en irme de camping por Europa, recorrer el mundo entero, conocer las ruinas de Egipto, ir a Potala en Lhasa. Pensé en Sudamérica, en California y en todo el rollo asociado a la idea de que “en el viaje exótico me encontraré a mí mismo”; la cura geográfica. 

¿Qué iba a hacer? No importaba, el asunto era marcharme de aquí. A cualquier lado.

Tenía algunos ahorros, gracias a que mi padre financió mi tratamiento, y estaba seguro de que era el mejor momento para irme: sin trabajo, sin novia, con mi familia pensando que estaba loco, sin compromisos. 

Bye, México! Lloraré de nostalgia cuando escuche tu música; extrañaré los tacos, el pozole, las tortillas; extrañaré a la voluntariosa de mi vecina. Extrañaré muchas cosas, pero me voy. No sé si volveré, me voy. 

Me fui a California, a un pueblo llamado Watsonville y donde en una colina había un instituto de terapia llamado High Madonna Center. Por lo visto quería continuar con mi viaje hacia dentro del psique. 

Los líderes eran un matrimonio de apellido Silverstein; ella se llamaba Mary, él Bob, y sólo aceptaban en su curso de dos meses a psiquiatras o psicólogos, y como yo ya me sentía un experto hice una solicitud. Mentí sobre mis estudios aunque más bien, nunca me los preguntaron, y con muchas ganas entré a ese universo. 

Me acuerdo el día que llegué. Me topé con profesionales de varias partes del mundo, de Suiza, Hungría, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Israel, Inglaterra, Australia. Yo era el único latinoamericano en el grupo, y el más joven de todos.  

Compartía la habitación con un canadiense, un estadounidense y un asiático. El oriental me quitó la cama que había escogido porque, dijo, él era mayor que yo. Y a mí qué me importa Yoshitaka Moronaga. En su cultura los viejos son lo máximo; en la mía, a mi edad y con mi rebeldía, me valía madres lo viejo que era. Pero ok, Yoshitaka Moronaga. 

Luego nos hicimos amigos. Yoshi, le decía, y fue una de las primeras víctimas con las que practiqué mis clases de hipnosis. El desgraciado se durmió y empezó a roncar, y eso no va con la hipnosis. Algo propio de Yoshi eran los ruidos de su cuerpo, de cualquier índole, los cuales emanaban espontánea y desenfrenadamente. Él decía que era bueno para el cuerpo y se abandonaba al ruidoso proceso de la fisiología; su especialidad eran los eructos. Nos quedábamos mudos. Otra cultura, sin duda. 

Mi vecino de cama, a mi derecha, era un judío estadounidense. Siempre correcto, siempre bañado, peinado y muy derechito. A mi izquierda estaba Jack, el canadiense. Era como un niño chiquito que dormía con tres almohadas apiladas en la cabeza. Me impresionaba cómo no se rompía el cuello o cómo no lucía ya una papada de cigüeña. 

El entrenamiento era práctico. Se hablaba un poco de teoría en la mañana y luego terapia de grupo por la tarde. Los pacientes éramos nosotros mismos y los resultados se hacían públicos para compartir el conocimiento. Formidable. Ahí aprendí más sobre mí, sobre las personas, sobre las culturas.

El salón estaba lleno de profesores y terapeutas, muchos de ellos brillantes, y yo absorbía todo. Aprecié la valentía de todos al decir las cosas como eran y cómo lidiaban con ello. Era gente verdaderamente atrevida y audaz en ir directamente al grano. Sin rodeos. De frente. 

—Yo tengo problemas para llevarme bien con mi esposa —que estaba también presente—, de repente me siento atrapado y quiero estar sólo y ella lo interpreta como que quiero poner distancia, y a veces dudo de que esa sea en verdad mi intención —decía un velludo hombre mientras que su guapa esposa lo miraba con los ojos llenos de lágrimas. 

—Yo le tengo miedo a las alturas —dijo un alemán. 

—Yo tengo dudas de mi orientación sexual, me gusta hacer deportes de hombre, estoy más fuerte físicamente que muchos y no me he casado. Nunca he tenido relaciones lesbianas y admito que me da curiosidad, pero no me considero lesbiana, simplemente dudo —decía una deportista australiana. 

Qué miedo, y yo qué voy a decir.  

Y uno a uno los Silverstein les daban terapia y todos los demás, cuaderno en mano, tomábamos notas –que ya no sé donde quedaron-,  aprendíamos, observábamos el proceso, vivíamos el camino y nos proyectábamos de manera consciente o inconsciente en la vida de cada uno de nuestros compañeros. 

Aquí había un grupo de profesionales de la salud mental —menos yo— que venían de varias partes del mundo a aprender técnicas para ayudar a sus pacientes, y la forma de hacerlo era ser ellos mismos los pacientes. Sanaban para sanar. Se curaban para curar. Eran pacientes para ser terapeutas.  

Decidí asumir la misma posición. Me crecí cuando Mary Silverstein alabó una técnica mía y me convertí temporalmente en terapeuta; no me intimidaba, quizá por inocente, y, como ellos, me lancé al ruedo para también ser objeto de estudio mientras lidiaban con mis asuntos. 

Mientras a alguien le tocaba su turno como paciente, otro la hacía de terapeuta y eso sí que era presión: la parte emocional, más sensible de la persona, su miedo más horrible, su pesadilla más tétrica estaba en tus manos. Todos observábamos y podíamos intervenir, aclarar, refinar, criticar. A veces eran discusiones grupales, a veces nos quedábamos mudos ante la profundidad de la interacción. 

El hombre velludo concluyó que estaba copiando el patrón de su propio padre: distante, frío e inconforme, y por eso acabó gritándole, imaginariamente, que no sería como él. Que prefería ser cualquier otra cosa pero no otra vez él.

Al alemán que le tenía miedo a las alturas lo hicieron subirse al techo más alto del lugar y ahí, en vivo, le dieron terapia. Todos mirábamos desde abajo. 

La australiana comprendió, con ejercicios y los comentarios de todos, que sus intereses y sus preferencias en actividades de trabajo o esparcimiento no tenían sexo. A un hombre le puede gustar la cocina, el jardín o incluso trapear y barrer; a una mujer, cortar leña, trepar montañas y odiar el ballet; pero una cosa no implicaba la otra.  

Fascinante, interesante, maravilloso, aunque después de un mes de estar ahí empecé a saturarme. Too much 

Primero, mi lectura obsesiva y tenaz. Luego mis grandes dosis de terapia y, ahora, esta ONU de la psicología. 

Renté un automóvil y en las tardes me iba a dar la vuelta por los condados pequeños. El fin de semana visitaba lugares como San Rafael, Los Gatos, Monterey, Carmel, San Bruno. Yoshitaka Moronaga me acompañaba, siempre en silencio, salvo sus ruidos corporales. Los Beach Boys en mi cabeza, wish they all would be California girlssss. 

Como en flashbacks, empecé a recordar mi vida pasada, mi programación previa, mi ciudad, mi barrio, mi familia, mi ex trabajo. 

Empecé a acordarme de los activos y pasivos; el cargo y el abono. Los números, los negocios, la estrategia, el consumidor. ¿Y el dinero? 

Fui de un extremo a otro, como péndulo. De los negocios y la estructura, hacia lo personal y el descubrimiento. Era hora de acercarme hacia el centro del péndulo. Ya estaba fuerte, más seguro y,creo, más evolucionado (?).

Alcancé a verme a mí mismo en esa otra dimensión de la vida. Hacía ejercicio todos los días, comía bien, me sentía robusto, saludable, atlético.  Ya era hora de regresar. Además, se me había acabado el dinero.  

Aunque la idea de volver a la realidad me causaba algo de shock. ¿De qué voy a vivir? Y si me caso, ¿cómo voy a mantener a mi familia? 

Ya me conocí, ok, ya cubrí la cuota, ok, ya aprendí de mí, ok, ¿y la lana?

Un amigo pintor me lo dijo un día que odiaba al dinero, —“Porque no me deja hacer lo que yo quiero, porque inhibe mi sensibilidad artística, porque me demanda y no me deja fluir a donde yo quiero”. Mmm.  

Hasta ese momento nunca me había puesto a pensar que podía dedicarme a hacer otra cosa de manera profesional donde la prioridad no fuera hacer dinero. La fiebre del dinero. Todos esos años de programación para convertirme en una máquina productora de dinero y el pintor que lo odiaba empezaban a tener sentido. Yo no lo odiaba, simplemente entendí lo estrecho de la meta. 

Yo quería pintar cuando era niño, pero no tuve clases de pintura y terminé en las de matemáticas. Quería ser baterista, medio rockero, y tocar como Ringo Starr pero fui alejado de cualquier instrumento musical y mi corte de pelo era militar.  

Me hice tenista, vestido de blanco. 

La vida es más que ganar dinero, sin duda, pero como quiera lo tengo que ganar. Necesito ganar dinero. Sentí que empezaba a caer en lo que Dostoyevsky llamaba “exceso de conciencia”.

Tenía que dirigirme hacia fuera de mí; vivía demasiado tiempo adentro de mí,,, y creo que esto es tan malo como estar demasiado tiempo afuera. Era tiempo de regresar.  

(Próxima semana parte 7)   

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