Ideako y su Mente Voladora Parte 5

Ideako y su Mente Voladora Parte 5

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

 

La primera tarde con el psiquiatra Diiing, dooong  

Las cuatro en punto. La cocinera me dijo que había llegado el doctor…. y me pregunté qué pensaría nuestra amable cocinera veracruzana sobre mi condición. 

Otro apretón de manos y siguió la dialéctica.

Eran incansables mi curiosidad, mi intriga, mi interés de que alguien ajeno me explicara, me ayudara a darle sentido a todo y, en cierto grado, me validara.

En el embate de dudas y ponderaciones pasaron las cuatro horas como si nada. --Se acabó el tiempo, me dijo. 

Y volvió a preguntarme: ¿Cuándo te gustaría que nos viéramos otra vez? 

—Mañana por la mañana, a las 9, y después si quieres nos vemos otra vez a las 4 de la tarde. 

—¿Quieres que te vea todos los días ocho horas diarias? ¿No te parece demasiado? ¿No quieres que vea a otros pacientes? ¿Realmente crees que necesitas tanto tiempo? 

—Quiero salir de esto lo más rápido posible. Hagamos lo que tengamos que hacer, pásame por la rutina, ejercicios, dinámicas o lo que sea pero rápido. No me eches el rollo freudiano de que me voy a tardar veinte años en progresar. Hasta Woody Allen se la pasa presumiendo sus décadas de tratamiento, pero yo no soportaría esto. 

Y él, sin mostrar emoción, aceptó que nos viéramos todas las mañanas durante cuatro horas diarias; respecto a la tarde, me convenció de que ya no era necesario porque convenía dejar espacios “para que se asentaran las cosas”, pero como quiera, insistía que le parecía demasiada terapia. 

Le llamé hiperterapia porque si tomas en cuenta que las terapias normales son en promedio de una hora por semana, entonces yo recibía todo un mes de terapia en un sólo día; un año en dos semanas, dos años en tres semanas.  

Y así estuvimos cuatro meses. A una tasa de veinte horas por semana, multiplicadas por cuatro meses, terminé recibiendo terapia durante 320 horas. Siete años de terapia ininterrumpidas en cuatro meses.

¿Tan mal había estado? ¿Tan desesperado? 

Con el dineral que les había costado a mis padres, el doctor me anunció un día que ya había abierto su consultorio en forma y a todo lujo. 

No quise ni preguntar cuánto costó la hiperterapia; mis padres estaban asustados y querían a su hijo de regreso.  

Pero el hijo que habían conocido ya se había ido. Aparecía otra nueva versión de mí que, aunque difusa e incierta, era una totalmente distinta. 

Al término de esos cuatro meses, más los seis que llevaba sin trabajar, les anuncié en mi casa que me iba a vivir a otro país.  

Que me iba. 

No sé a dónde. 

No sé con quién. 

Pero me iba. 

Bye. 

Hasta la vista. 

(próxima semana Parte 6)

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