Ideako y su Mente Voladora, parte 4

Ideako y su Mente Voladora Parte 4

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(como antecedente, lee la parte 1 de esta serie) 

Ni tan loco 

Descubrí a la duda existencial; a la famosa, la conocida, la temida. Existía después de todo.  

Descubrí que la estructura de vida de estudiante, de semestre tras semestre, examen tras examen, no te da tiempo de pensar en nada. Es como estar subido en un tren a toda velocidad con los destinos y paradas pre-definidas; hasta que te tienes que preguntar a dónde quieres ir en realidad. 

Descubrí que hombres y mujeres, mucho antes que yo, se habían hecho preguntas similares a las que yo me había hecho y habían realizado esfuerzos extraordinarios por contestarlas. 

Descubrí la conexión entre las partes física, mental, emocional y espiritual. Una tocaba a todas las demás, como en carambola reaccionaban las otras. Se invadían mutuamente, para bien o para mal. Por eso el problema del diagnóstico. Un problema espiritual puede haber empezado con una bronca física; una física puede haber empezado con un cansancio mental crónico; uno mental por un vacío espiritual. 

Descubrí que la genética era más importante de lo que creemos. Que la propensión a las enfermedades y los vicios, los grados de violencia, al mismo tiempo que talentos, intereses y cualidades están influidas por un código genético.  Descubrí que a un enfermo mental lo puedes curar con algún tipo de sustancia y que es irrespetuoso llamarles “locos” a los pobres humanos que simplemente padecen de una descompensación química.  

¿Cómo era posible que una persona pudiera pasar de agresiva, psicópata o esquizofrénica a “normal” con sólo alterar su biología? ¿Cómo era posible que una persona sana y balanceada pudiera volverse errática e incompetente porque se le había alterado su química cerebral? 

Descubrí la discusión recurrente de Nature vs. Nurture… cuál tiene más peso: la genética o el medio ambiente donde crecimos? 

Descubrí que las personas también pueden ser autodestructivas, crueles, cobardes, malas; mejor dicho podemos ser. La uni-dimensionalidad es una fantasía; somos buenos y malos, equipados con luz y sombra. Eso de sub-contratar al diablo para aventarle y depositarle nuestra parte “mala e inferior” es bastante cómodo pero irreal. 

Descubrí a “la sombra”: aquella parte interna nuestra que nos sabotea, que nos limita, que no nos deja ser pero que también puede ser una fuente increíble de energía y sabiduría.  

Al final de la vida la batalla es entre tú y tu sombra; de esto hablaré con más detalle adelante. 

—Mamá —le dije, después de seis meses de estudios intensivos—, estoy listo para el psiquiatra. 

El psiquiatra 

Tenía cara de pirata. Era un hombre de casi cincuenta años, divorciado, de mirada intensa, labios apretados y de andar rígido. ¿Éste me va a ayudar a mí? 

La primera sesión arrancó.  En su papel de psicoterapeuta, guardó silencio y esperó a que yo comenzara. Se quedó esperando. Nos miramos por unos momentos, como midiendo el terreno. 

Ahora que me sentía informado y arropado por docenas de libros, corrientes, ideas, le pregunté.— ¿Qué técnica usas? Se me quedó viendo como si no lo creyera. 

—¿Qué técnica usas: psicoanálisis, gestalt, racional, cognitiva, transaccional o cuál? —insistí. —Una combinación de técnicas, las aplico según convenga en el caso —me contestó. Yo pensé que era la respuesta más cuidadosa que podía tener, y siguió callado.

Pasó otro largo momento, hasta que habló. —¿Qué quieres cambiar en tu vida? 

Todo. Y empecé a contarle. 

Que había llorado todos los días sin parar durante tres meses. Que no sabía qué me pasaba y que el lugar donde me encontraba era horrible. Tenía seis meses sin trabajar y yo, considerado el chico maravilla, estaba en una situación que sentía fuera de control. Mi novia me había abandonado por raro e inestable y mi familia, a excepción de mi madre, pensaba que estaba loco. 

—Mira, doctor —le pregunté si podía hablarle de tú y me contestó, estoico, “Como prefieras”—.  

Mira, doctor, hay una fuerza que no puedo describir pero que me quitó la mía. No tengo fuerzas para hacer ejercicio, amanezco todas las mañanas con la nariz y la garganta tapadas, me duele la cabeza con frecuencia. No hago más que leer, leer y leer. Tengo apenas tres meses que empecé a controlar mis emociones, pero sigo sintiendo angustia, miedo y, sobre todo, confusión. 

—¿Qué quieres cambiar en tu vida? —volvió a preguntarme, como si no hubiera escuchado nada de lo que dije. 

Me quedé callado. Pensando. Silencio. Miradas. 

—Quiero dejar de sentirme como me siento y quiero avanzar, no me quiero quedar aquí. Quiero cambiar todo lo que tenga que cambiar para dejarme de sentir como me siento. 

—Entonces quieres cambiar la forma en que te sientes. 

Empezó a hacerme preguntas. —¿A qué le tienes más miedo? ¿Cómo te llevas con tus hermanos y hermanas? ¿Y con tus padres? ¿A qué aspiras en la vida? ¿Te gustó tu niñez? ¿Y tu vida sexual? ¿Drogas o alcohol? 

Empecé a hablar. Hablaba sin parar. Le daba mis puntos de vista y rápidamente le contaba mis avatares. No batallé en abrirme. Así como Don Quijote se llenó la cabeza de historias de caballeros y guerras, yo había llenado la mía de conceptos psicológicos y filosóficos. Tenía historias y referencias para compararme con los numerosos personajes que los autores ponían de ejemplos.  Yo tenía mi propia historia y quería contarla, y sobre todo quería curarme y entender lo que pasaba conmigo. 

Catarsis.  Entre Charcot, Breuer y Freud pulieron esta idea a principios del siglo pasado. Le llamaron la cura del habla. Afirmaban que sacar ideas, compartir sentimientos y expresar lo íntimo puede curar por sí mismo. El asunto no se queda ahí, pero es un comienzo excelente. Tener a alguien con quién hablar y que no te juzgue —o por lo menos que no lo demuestre— es curativo.  

Además, a este psiquiatra nunca lo volvería a ver una vez que terminara el tratamiento. No conocía a nadie de mi círculo y ya me había aclarado la cuestión del secreto profesional: todo se queda entre tú y yo. 

La catarsis no necesariamente tiene que ser un profesional de la psicología; puede ser un sacerdote, el atento oído de un amigo o amiga, de algún familiar o vecino. El único requisito es que te sientas escuchado con interés. 

Tras soltarle un vasto arsenal emocional y de ideas al psiquiatra, empecé a hacerle preguntas a él. ¿Qué tan normal era lo que me estaba pasando? Si estaba enfermo, ¿cómo se llamaba mi enfermedad, tenía algún nombre o era tan original que yo que era el primero de mi especie? Si no estaba enfermo, entonces qué.  

Todo un blitz inagotable. Por cada pregunta que él me hacía yo le hacía tres.  Y él, aunque nunca me contestaba de forma directa, me respondía lo suficientemente bien como para que yo sacara la “mala” energía. O cuando menos eso era lo que sentía. 

La primera sesión se prolongó durante cuatro horas y media; demasiado tiempo para los estándares tradicionales. Esto sí que no era normal.  Sucede que este psiquiatra acababa de llegar de una especialización en Estados Unidos y apenas montaba su despacho, el cual todavía no le entregaban. Y yo era su primer paciente o, para el caso, el único, y ahí en mi casa lo consultaba, en el jardín, bajo la sombra de unos árboles que de seguro se intimidaban con la extraña conversación. 

El psiquiatra me preguntó cuándo me gustaría verlo de nuevo. —Después de comer, si te parece. —¿Hoy mismo? —fue la primera vez que lo miré sorprendido. —Sí, hoy mismo. ¿O tienes otro compromiso? —Mmmm, no. Nos vemos a las cuatro.

¿Cuánto tiempo te gustaría que nos viéramos en la tarde? Le contesté si le parecía bien otras cuatro horas. Movió la cabeza y dijo ok.

Se paró y me dio un fuerte apretón de manos mientras me fulminaba con su mirada que me decía quién sabe qué, como un mensaje o algo, pero no lo supe descifrar.  Se echó a andar y sin voltear dijo “nos vemos al rato”.

(Siguiente semana Parte 5).

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