Ideako y su Mente Voladora Parte 3

Ideako y su Mente Voladora Parte 3

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(como antecedente, lee la parte 1 de esta serie) 

El Chico Maravilla Deja de Brillar

Yo era un muchacho prometedor: serio, sano, estudioso, deportista. Tenía mi camino trazado y certeza de lo que sería mi vida: una carrera profesional, un trabajo, una maestría en Administración de negocios (MBA), una buena mujer, hijos. Nada complicado, nada extravagante, pero las cosas cambiaron; cambiaron radicalmente y en 180 grados.

El cambio fue súbito y, aunque en ocasiones me avisó de manera sutil, decidí ignorarlo. No le hice caso a los avisos; estaba sobre estimulado por el mundo, por las metas profesionales y sociales.

Y me olvidé de las personales. Esto me costó --mucho.

Era un día de primavera, de esos donde las flores aparecían, los pájaros cantaban y los colores regresaban ….. pero yo empezaba a sentirme triste y apagado. No sabía qué me pasaba. No me sentía bien.

Tenía 25 años, la fuerza de la juventud, amistades, mi novia, una buena familia y un buen empleo, pero me sentía vacío y confundido.

Mi trabajo empezó a parecerme aburrido, rutinario, intrascendente. Mis padres me empezaron a parecer excesivos y sobre protectores. Mi novia me empezó a parecer vana, superficial. Mis hermanos y hermanas, necios.

Recuerdo que la contaminación en cielo se veía más roja que de costumbre.

Me convertí en un inconforme, en un insatisfecho, en un rebelde que no encontraba su causa. Lo único que sabía era que tenía que cambiar mi vida radicalmente.

Pensé en la crisis de los cuarenta, pero no, sólo tenía 25 años. Ah, entonces debía tratarse de algo físico, dijo mi padre. Fui con tres médicos generales que me hicieron estudios de todo, y nada. Normal el muchacho. Todavía no tenía panza en aquellos tiempos, estaba fuerte y vital, pero mi espíritu se apagaba.

Fui de mal en peor. Un día por la tarde, después de pelearme con mi novia y de haber pasado un mal día en la oficina, me puse a llorar en mi cuarto. No era para tanto, ya me había peleado mucho peor con mi novia, ya había tenido peores días en la oficina pero el llanto se impuso.

Era un llanto mudo, para que no me escucharan. Era un lloriqueo dificultoso que apenas salía, pero no cesaba. Hacía ruidos raros con la garganta, como resistiéndome, pero mi lucha por controlarme estaba perdida, la tristeza me ganó. Fueron casi dos horas de un llanto denso y semi-controlado.

Al día siguiente decidí renunciar a mi trabajo.

A simple vista podría pensarse que se trataba de una depresión y que para eso hay medicamentos como Prozac, Paxil y otros; pero esto fue hace años donde no había nada de esto. Además, nunca me diagnosticaron una depresión y de hecho, nada en concreto. Ah, qué muchachito, parecían decir los doctores, tiene todo por delante y no lo valora, decían con su actitud. Y eso sólo me hacía sentir peor.

Al poco tiempo empecé a desarrollar algunos síntomas, el principal de ellos fue una congestión de las vías respiratorias y fuertes dolores de cabeza. Empecé a comer en exceso, dejé totalmente el ejercicio, mi novia me abandonó hundida en confusión.

Llorar se convirtió en un hábito diario, entre las 4 y las 7 de la tarde: esa era la única disciplina en mi vida: llorar.

Y lo peor: ni siquiera sabía por qué.

Mi madre me veía con tristeza. Un muchacho con todo el brillo y la promesa del mundo sumido repentinamente en la oscuridad. Vivía en la sombra. De día no abría las cortinas; menos de noche. La oscuridad era mi ambiente.

Me puse a leer mucho, de todo. Me sentía enfermo y no quería volverme loco. Me recomendaron psiquiatras, psicólogos, sacerdotes, orientadores profesionales. Yo me resistía a aceptar ayuda. Yo podía sólo, me decía.

Pero cada vez me sentía peor. Llegué a creer que de veras me estaba volviendo loco, que estaba perdiendo la razón.

Mi mente divagaba hacia ese universo. Me acordaba de la serie del monje loco, de las películas de loquitos contentos, de los tristes, de los alienados a los que les gusta dirigir el tránsito, los que se la pasan con la mirada perdida en medio de las calles.

Me imaginé solo por el resto de mis días: quién va a querer casarse con un enajenado, quién va a querer contratar a un demente, ¿quién?

Y afloraron las grandes dudas; como sin esfuerzo, empezaron a brotar como plantas en una selva tropical, imparables, caóticas, abundantes, feroces.

¿Acaso fui un bebé adoptado y mis padres no me lo quieren decir? ¿Habré tenido alguna enfermedad cuando niño y ahora estará volviendo a florecer? ¿Habrá algo en mi pasado que me esté pasando la cuenta? ¿Será una premonición de que algo malo se acerca? ¿Qué, qué, qué, qué, qué, qué, qué?

Pensé en dejarme llevar totalmente por ese sentimiento, como si fuera la corriente de un río que me arrastraba, y asirme a un tronco para flotar y ver a dónde diablos me llevaba y ahí, entonces, confrontarlo y solucionarlo. Pero me daba miedo ahogarme en ese viaje al interior. Me atemorizaba lo que yo pudiera tener.

Me daba miedo que mis amigos supieran lo mal que estaba. Me daba miedo terminar en un lugar para enfermos. Me asustaba no saber qué hacer. Me daba miedo el miedo. Me daba miedo la muerte. Me daba miedo la vida.

Dios.

Empecé a buscar más a Dios. Más que religioso, me volví espiritual. Ahora sí, ¿verdad?, sólo cuando me necesitas, habrá dicho Él o Ella o Ellos. Yo ya no sabía qué hacer. Un día, al pasar por una iglesia, me detuve. Entré y me puse a rezar. Era sólo una petición: por favor, no me quiero volver loco, regrésame la energía que se me ha ido y que no encuentro.

Hay quienes encuentran respuestas en otras personas; hay los que las encuentran en la Biblia, en el Corán o en el Talmud; gente que las encuentra en algún pariente sabio o en un cónyuge atinado. Pero yo, sin abuelos ni tíos ni hermanos mayores ni primos y, hasta ese momento, alejado de la religión, acudí a los libros.

Y encontré muchas respuestas en los libros.

Todo empezó cuando me encontré en una farmacia con un libro de autoayuda de William Dyer, (¿autoayuda?). Este libro no fue mi curación pero fue el comienzo. Un libro de psicología pop, repleto de clichés, se convirtió en una puerta grande. De ahí me fui a otro libro, y a otro, y a otro.

Leí el psicoanálisis de Sigmund Freud; los arquetipos y el inconsciente colectivo de Carl Jung; el Superhombre y Demasiado Humano de Nietzsche; la terapia cognitiva de Carl Rogers; la terapia racional de Albert Ellis; el análisis transaccional de Eric Berne y Claude Steiner; el concepto de stress de Hans Seyle; la teoría del optimismo de Anthony de Mello; la terapia re-decisional de los Goulding y Virginia Satir; la absorción de la energía vital de Mantak Chia; la teoría de Gestalt de Fritz Pearls; la bioenergética de Alexander Lowen; el conductismo de Skinner, y otros. Estudié Rolfing, reflexología, hipnosis, masajes terapéuticos, yoga, Tai Chi, chi kung, meditación trascendental.

A veces no entendía y volvía a empezar. Leer me curaba, aunque dolía.

Adoré leer.

Entre más leí más me relajaba. Había escuchado de la catarsis, de la cura del habla, pero habrá cura de lectura?

Desempleado, soltero, lleno de dudas y con mucha dedicación, pude sumergirme de lleno en esta nueva situación.

Mi familia me dejó ser. Me dejó leer sin interrupciones, y yo leía con furia.

Leía hasta quince horas por día; incluso hasta la nausea. Leía cosas que nunca me imaginé que estaban ahí, esperándome.

Había terminado mi carrera y había leído sobre programación lineal, contabilidad y finanzas, mercadotecnia, valuación de proyectos, comportamiento organizacional, estadística, pero nunca había leído sobre lo que hace a una persona.

Devoraba esos nuevos textos con una fuerza avasalladora. Como si estuviera muerto de hambre. Como tener cruda en medio del desierto y sólo quisiera beber agua, agua y más agua.

Esos libros me parecían mejores y más prácticos que los que había leído sobre tangentes, cotangentes, senos y cosenos; cargos y abonos; costo estándar y costo real; la división del trabajo; activo, pasivo más capital; derecho mercantil; segmentación de mercados y el poder de una marca; la maximización del proceso de manufactura: ¿un cerebro productivo portado por una persona perdida?

¿Dónde quedó mi persona? ¿Por qué nadie me había dicho nada sobre este tipo de libros, de enseñanzas, de ideas? ¿Por qué nadie me había dicho que la vida era complicada? ¿Por qué nadie me había dicho que ser persona es lo primero y que ser un insumo en el proceso productivo es algo secundario?

¿Qué le pasa a la generación que nos precede? ¿Qué les pasa a los que diseñan el sistema económico? ¿Qué camino quieren que se siga y a qué costo?

¿Sin pensar? ¿Sin sentir? ¿Sin cuestionar?

¿Será que la generación que nos precede está tan confundida como la nuestra, o peor? ¿Será que ni siquiera han despertado? ¿Serán zombies convertidos en insumos de un megaproyecto mundial de producción?

¿Será una conspiración para dominar y explotar de manera recurrente a la nueva generación?

¿Qué les pasa? ¿Por qué no orientan a los nuevos, como yo? Acusaba por herido, juzgaba por dolor.

Y cuestionaba el sistema de vida actual que yo no diseñe, (¿y tú?): trabajar 50 semanas para descansar 2; de Lunes a Viernes de 9 a 7; nacer, estudiar, casarte, trabajar, tener hijos, para que tus hijos estudien, se casen, trabajen y tengan hijos y así sucesivamente.

¿La vida será así?

¿Pesimista? Por supuesto, yo no estaba nada bien.

¿Realista? ¿Crudo? Puede ser.

¿Confundido? Mucho.

Pero leí y leí y leí.

Y descubrí y descubrí.

(parte 4 siguiente semana)

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