Ideako y su Mente Voladora Parte 2

Ideako y su Mente Voladora, Parte 2

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)  

Me llamo Juan Serratos, pero me dicen Ideako. 

Me llaman así porque en mi cabeza dan vueltas constantemente toda clase de ideas. No sé si te has puesto a pensar en esto, pero la mente no se queda quieta ni siquiera cuando duermes. Siempre está creando y proyectando imágenes. Discute con ella misma, se contradice, se complementa, se convence y se desconvence. Unas veces es conciliadora, otras desestabilizadora. De amiga pasa a ser enemiga y viceversa.   

En el plano del subconsciente esto se complica aún más. Hay “otra mente” dentro de nosotros, con otra conciencia que parece dominar nuestros actos, porque al realizarlos nos toma desprevenidos; lo que hace lo hace sin nuestro consentimiento.

Se dice que usamos apenas 10 por ciento de nuestra capacidad mental y que nadie sabe cómo usar el 90 por ciento restante. La verdad es que éste sí se usa, aunque no nos percatamos, no lo registramos en la conciencia; quizá por eso le llaman subconsciente.    

Yo, Ideako, quiero hacer un intento por adentrarme en ese otro mundo. Soy un observador con instinto y convencido de que los detalles encierran contenidos relevantes.  Soy obsesivo cuando veo algo interesante y, cuando no lo es, lo vuelvo interesante con una andanada de preguntas. Lo complicado lo quiero simplificar, lo simple lo quiero complicar.    

Analizo a la gente, su conducta, sus gestos, lo que dicen y, sobre todo, cómo lo dicen. Y lo mismo hago conmigo, o quizá debería decir que lo intento. Cuestiono lo cotidiano y los pensamientos automáticos. Me pregunto de dónde salió la persona que soy, por qué hago lo que hago y para qué se hacen las cosas. ¿Por qué vivir así? Aquí y ahora, y no de otra forma; ¿Por qué no allá y entonces?  Cuestiono gestos, caras, poses, sistemas de vida, conductas y consecuencias.

He buscado respuestas y sabiduría en los libros y me he acercado a algunos de los grandes: Aristóteles, Platón, Sócrates, Lao Tse, Sun Tzu, San Pablo, Mohamed, Santo Tomás, Descartes, Sartre, Maquiavelo, Nietzsche, Spinoza, Freud, Jung, Berne, Lacan, Rogers, Goulding, Steiner, Masters y  Johnson, Lowen, Erikson, Piaget, Jung, Pearls, Satir, Laing, Cysminetnltistkey, Hillman, y otros, pero sólo termino por generar nuevas preguntas.    

A veces les entiendo y me hacen sentido; a veces no. Y lo que más confunde es que en ocasiones  el comentario de un jardinero, de un mesero, de un desconocido, acaba por impactarme más y necesariamente los quiero ubicar en la misma grandeza con los “grandes clásicos”.   

Pese a todo, no me doy por vencido. Ahí llevo el paso, creo que hay avances y hallazgos, que compartiré contigo. Te invito a esta conversación conmigo y contigo. Mírate a ti y a quienes tengas cerca con mis historias, mis pensamientos y cuentos; con tus historias, tus pensamientos y cuentos.    

Es que cuando leemos sabemos que no estamos solos.   

Nací en Catemaco, Veracruz, el lugar predilecto de brujos y brujas, chamanes, curanderos y magos. Pero yo no creo en eso: tuve la oportunidad de estudiar y aprender el trillado método científico. Nunca, ni siquiera de niño, me convenció la idea de que mi vida dependiera de eventualidades o voluntades más allá de mi control, pero ahora no estoy tan seguro.   

Traigo a Catemaco dentro de mí, aunque hace décadas que no lo visito. Pero, habiendo nacido en ese lugar, a veces dudo si tengo algo de mago o brujo o si quizá simplemente comparta la psique colectiva del pueblo, como diría Jung.    

En las noches tengo sueños extraños, increíbles, confusos, divertidos y en ocasiones aterradores; seguramente como los tuyos. Durante el día tengo ideas alucinantes y me planteo cuestiones complejas. Me gusta la buena vida, me gusta la risa y la vida tranquila, aunque con frecuencia se me olvida.   

Me acuerdo de que Ciro Peraloca, el genio distraído del mundo de Disney, que inventó una máquina del sueño que proyectaba en una pantalla exactamente lo que soñaban las personas y, además, los sueños podían grabarse para reproducirlos a voluntad. Rico McPato le compró los derechos y los primeros sueños que vieron fueron los del pobre Donald.   

Yo ando en busca de esa máquina. Es que cuando soñamos le damos rienda suelta a esa otra mente y, si pudiéramos ver el torrente de imágenes como parte de nuestra conciencia, llegaríamos a conocernos más.   

Nos han jugado una broma respecto de los sueños: todos los tenemos y la mayoría de nosotros coincidimos en que reflejan partes íntimas e importantes del psique porque en ese mundo nada se edita; no hay frenos sociales, morales o pre-construidos y las cosas afloran tal como son. Raras veces recordamos el valioso material de los sueños y, menos aún, los entendemos.     

Chiste cruel. El sueño es discutiblemente nuestra esencia, nuestro psique manifiesto, y no lo recordamos. Es como el niño que goza y es feliz pero que no tiene conciencia para apreciarlo.  Por eso quiero la máquina de Ciro.    

También estoy en busca de una máquina del tiempo, para que lo detenga a la precisión exacta de mis deseos.   

Quisiera detener el tiempo e irme de vacaciones al sur de Italia y de España. Comprar una motocicleta, dormir en la playa, no tener horario ni itinerario.  Cuando me diera la gana regresaría a mi tiempo y a mi circunstancia oprimiendo sólo un botón. Estaría de regreso aquí y ahora, frente a la computadora, con mis hijos jugando y mi esposa en la cocina preparando un delicioso café del Soconusco chiapaneco, unos chilaquiles, aguacate y salsa picante —nada como un desayuno en casa con familia, café y periódico. 

 

En esa máquina del tiempo podría regresar cuando lo deseara y nadie se percataría de que me fui meses o incluso años.    

 

Ni enterados de que recorrí la costa mediterránea en motocicleta; que me dejé el pelo largo y lucí mi barba entrecana, que engordé por tanto vino tinto, jamón serrano y croissants; que aprendí a tocar el violín, que pinté tantos cuadros que no podía cargarlos conmigo. Que corrí veloz por una playa de Bali. Que bailé a la luz de la luna en las calles de Ankara. Que medité al lado del río Arno e invoqué a Da Vinci y Maquiavelo. Que pernocté en una banca de una calle de Oporto, que intenté el belly dancing con una bereber, que visité las instalaciones gélidas del Kremlin, los pueblos perdidos de Siberia embellecidos por rusas hermosas que esperan ser descubiertas. Que canté el ooommm en un pequeño templo de Lhasa y medité en un convento en Meteora.   

Fantaseaba con una máquina de reproducción de sueños y una máquina del tiempo; pero muy pronto tendría un encontronazo doloroso con la realidad.

(La parte 3 próxima semana)

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Horacio Marchand

Flexibilidad: comedia, juventud y apertura. Rigidez: tragedia, vejez y cerrazón. Y no tiene que ver con la edad.

by Horacio Marchand