Ideako y su Mente Voladora Parte 9

Ideako y su Mente Voladora Parte 9

 

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

 


(
Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

 

 

El Zombie

 

El desplome. Así le llamo a lo que, en ciertas épocas de mi vida, me ocurre en las noches y los fines de semana, sobre todo el Domingo. El desplome es cuando llego al sofá reclinable, pido de cenar y me quedo hipnotizado frente a la televisión. No quiero hablar.

 

 

Mi esposa amablemente me quiere hacer plática, comentar sobre los niños, de los maestros, del jardinero o simplemente quiere que la escuche. Pero no tengo ganas.

 

Me quiero perder en la televisión.

 

 

A veces tengo un impulso extraño por levantarme, de flotar en cámara lenta y, nadando en el aire con firmes brazadas, adentrarme en el televisor. Ahí me pondría a luchar al lado de Jackie Chan, Blade y Bruce Lee; bailaría con Britney Spears, Shakira y Madonna; estaría en lasfiestas de Hugh Hefner en su mansión; cantaría en algún programa de MTV y me iría a otras partes del Universo con Kirk, Spock y Picard.

 

 

Pero no puedo meterme al televisor. De entrada no quepo. Necesito bajar de peso.

 

 

Dicen que el trabajo enaltece al espíritu pero a veces me siento como aniquilado. A veces me siento como un zombie. Un zombie es un tipo de ejecutivo que deambula por las oficinas sin dirección y sin energía. Está tan ocupado con la rutina que ya no piensa. Todo es lo mismo y la pasión parece haberse ido para siempre.

 

 

Un zombie es el guerrero domado que dejó de luchar. La vida se le impuso y lo tiene atrapado con la inercia. Su objetivo primordial es pasar y sobrevivir el día. En la noche el estado parece persistir: llega a casa, saluda, charla un poco, cena algo y ve mucha televisión.

 

 

El zombie no sabe cuándo dejó de ser un guerrero. Quizás fue desde que era niño, cuando un maestro insensible se burló de él por hacer preguntas “tontas”. Quizás fue un jefe que lo reprimió por mostrar demasiada iniciativa. O quizás fue el simple hecho de que se animó a decir la verdad en un ambiente políticamente desfavorecido. O quizás fue una combinación de todo lo anterior.

 

 

Está siempre tan ocupado y lleno de trabajo que no le da tiempo para nada más: ni para pensar ni para cuestionar sus propias acciones ni para asimilar los problemas y las personalidades de los miembros de su familia; no tiene tiempo para explorar su vida interna.

 

 

Un zombie no cuestiona. Nada lo mueve. Las opciones se desvanecen. Está atrapado en la unidimensionalidad. Del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. De sus hobbies ya no queda nada. No le queda energía ni para eso.

 

 

El trabajo parece ser el escondite perfecto para una vida emocionalmente mediocre y el refugio moderno aceptado. Ah, está trabajando. Oh, tiene problemas. Pobre, trae mucha presión. Bebe porque está agobiado. Ignora a los hijos, pero no es para menos.

 

 

En el mejor de los casos la vida familiar se parece a la de trabajo. Se está con la familia pero no se hace contacto real. Se queja la esposa, los niños piden y preguntan y la actividad familiar se limita a resolver los pendientes para que desaparezcan y dejen en paz al señor.

 

En el peor de los casos, la familia se convierte en víctima. El zombie que de pronto despierta de la peor de las maneras y arremete y persigue a la familia en función de que se siente hueco, frustrado y lo peor, vencido.

 

 

Un zombie no tiene balance de vida y pocas cosas lo entusiasman. Está anestesiado y tiene una confusa definición del éxito. A pesar de su éxito en lo material, de su elevado nivel social, de pertenecer a un club deportivo, de tener a sus hijos en buenos colegios, el zombie no se siente bien. Siente un vacío que lo carcome lenta pero inexorablemente por dentro.

 

¿Por qué se sentirá mal si le va bien?

 

 

El zombie se deja llevar. A veces porque no le queda otra; a veces por comodidad, a veces simplemente por cansancio.

 

 

No quiero ser un zombie. Tampoco un Don Quijote, tampoco un Plutarco, pero menos un zombie.

 

 

El Antizombie

 

Debe de haber algún antídoto contra el zombismo. Algo que te haga inmune, que te cure, que te haga fuerte para resistir sus embates. Si lo hubiera me lo tomaba y ya. El dinero está entrando, soy muy bueno en lo que hago, ya le entendí al negocio y cómo manejar los rituales corporativos, pero el zombie lo traigo cerca. Me asusta, ¡buuuhhhh! de repente. No lo quiero cerca y menos dentro. Por eso tiene que haber algo que se pueda tomar y ya.

 

 

Hay pastillas para todo: para el dolor de cabeza, para las espinillas, para la depresión, para la presión alta, para la angustia crónica, para la impotencia sexual, para quedarte despierto, para dormirte, para el estómago, para las alergias, para las infecciones. ¿Por qué no una contra el zombismo?

 

 

Yo he sido un zombie varias veces y, hasta ahora, me lo he podido sacudir. Pero el zombie habita en tí sin que te des cuenta, ésa es una de sus características, es como la gripe de la que nunca te acabas de librar totalmente; es silencioso, te domina por su camuflaje. Te engaña diciéndote que todo está bien. ¿Yo zombie? No, para nada, para nada, zzzzzzo...

 

 

De una cosa sí estoy seguro: que para no ser zombie lo primero que se tiene que hacer es admitir la posibilidad de convertirse en uno. Negarlo es darle fuerza.

 

 

A veces se necesita un golpe que nos haga reaccionar, electrochoques a un espíritu cansado que se niega a latir, confrontaciones directas a la esencia personal.

 

 

Se tiene que hacer algo para salir y romper el estado zombie.

 

 

Cambiar la actitud no basta. Una actitud no cambia un comportamiento;un cambio de comportamiento sí cambia a la actitud.

 

 

No puedes seguir haciendo lo mismo. No. No. No. Hay que ponerse a pedir al Cosmos, a los Dioses, al prójimo, a quién y lo que sea....por qué no? Hay que buscar, procurar, emprender, y quizá lo más poderoso: renunciar a lo nocivo, a lo tóxico, para liberar energías y recursos; lo que sea, pero hacer algo ya. Si no hacemos algo, el zombie acabará por comernos y no podremos distinguirlos de nuestra propia persona porque ya no será un invasor, sino uno mismo con nosotros.

 

 

Hartarse es bueno. Satúrate, llora, patalea, maldice. No te detengas, absorbe el impacto como si fueras Supermán ante la Kriptonita. Lo que sigue del hartazgo seguramente será la acción o la destrucción de un viejo esquema limitante. Si no pasa algo así, se sucumbirá ante el zombie y al mundo de los muertos en vida.

 

 

En el rompimiento está un nacimiento.

(Parte 10 en 15 días: Del Viaje)

Ideako y su Mente Voladora parte 8

Ideako y su Mente Voladora Parte 8

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)


El trabajo

El primer día. Llegué a mi oficina. Trajeado, sonreía a quien fuese. Mi esposa me había despedido en la puerta de mi casa, como la rutina normal: el marido a la oficina, la señora en la casa, los hijos a la escuela. Hasta le dije bye al perro. Me sentía orgulloso: me vestí con mi mejor traje, con mi mejor corbata, roja, atrevida, conquistadora.

Me senté en mi escritorio. Había un teléfono que compartiría con alguien. Esperé al responsable de recursos humanos para que me presentara con el equipo de trabajo. Ahí estaba yo, sentadito, tomando un café negro.

César me consiguió trabajo en un banco. Me pusieron a cobrar los créditos que se habían vencido o truncado por la mega devaluación. Acabé trabajando en uno de esos bancos...

Lo siento Señor, tiene que pagar o le quito su casa. ¿Que ya no vive ahí? Lo siento mucho, como quiera se la vamos a quitar. Pague señor, pague. Ayude a que yo gane mi comisión. Pague.

Odiaba este trabajo.

El ambiente era malo. Todos nos veíamos --los cuarenta que éramos, como preguntándonos si teníamos que estar ahí haciendo eso tan desagradable. Pero llevaba dinero a la casa. Me volví a ganar el respeto en mi hogar: el perro saludaba moviendo la cola, los niños gritaban ¡Papá! cuando llegaba, mi señora sonreía, y lo más importante, la cocinera me empezó a sorprender otra vez con mis platillos favoritos. Ya no le debíamos ninguna semana y otra vez fue la dulce Toña.

¿Acaso valgo por el cheque de mi quincena?

Cuando sentí más seguridad, me cambié de empleo. Eso de andarle quitando casas a las gentes no me gustó. Quizá algún día sería mi casa la que estuviera en esa lista negra, horror.

Mi nuevo empleo era un negocio relacionado a la computación y apenas empezaba el interés por el Internet. Ganaba más dinero. Pagué mis deudas. Casi todo funcionaba bien. Excepto esa jefa fría, exigente e inflexible —al menos así la consideraba yo.

El trabajo era bueno, estimulante, con un nivel de reto aceptable. Lo complicado era la gente. Todos corriendo, acelerados.

Aunque no por el físico, esta jefa me recordaba a mi tía Cuca. Eso ha de ser. Me recuerda a mi tía. Transferencia, le llaman algunos psicólogos; proyección, le llaman otros.

De soltero viví una temporada con mi tía Cuca. Era obsesivo-compulsiva, como mi jefa actual, como muchos de mis colegas.

Los domingos mi tía Cuca irrumpía por la mañana, como a las 10. Como estallando de furia, como si se hubiera pasado dos horas conteniéndose, llegaba y de un solo movimiento abría las cortinas y gritaba.

—¡Levántateeee! ¡Recoge tu cuartoooo! ¡Limpia tus cajoneeeees! ¡Lava tu carrooo! ¡Andaleeeee!

Prendía la luz, como si el radiante brillo de la ventana abierta fuera insuficiente; como si yo fuera Drácula y Cuca quisiera matarme.

—¡Ándale! ¡Rápido!

—Tía, es domingo, por amor de Dios.

—¡Recoge tu cuarto!

La Cuca era un caso.

Y mi jefa, otro. Pero no sé cómo puede recordarme a mi tía Cuca, si mi jefa era guapa e inteligente, de 36 años. Tenía un nombre glamoroso, Edith Pamplona, y hasta un novio millonario. Se me haría fácil decir que era una vieja amargada porque le faltaba “mantenimiento” o porque era fea o insegura, pero no, era buena persona, amable y además una triatlonista dedicada. Pero en algún rincón del subconsciente me recordaba a la tía Cuca: me presionaba de más, me hostigaba, me traía cortito. Era necia.

O quizá Edith me fascinaba tanto y me sentía tan fuera de su liga, tan pequeño ante esa personalidad y belleza, que me dio por caerme mal, por racionalizar mi distancia.

Mi tía Cuca y Edith Pamplona lidiaban con la vida haciendo cosas.

Yo lidiaba con la vida pensando. Y eso desgasta, consume.

Entre ser compulsivo u obsesivo yo creo que me quedaba con lo compulsivo. La compulsión te activa; la acción y la energía son una fuerza centrífuga. La obsesión te pone a pensar circularmente y es una fuerza centrípeta, que se acaba yendo contra ti.

Pareciera que para hacerla en la vida capitalista se tiene que ser obsesivo-compulsivo. Todos lo somos. Los que más dinero hacen piensan y hacen lo de siempre por años y el establishment los premia: hacen dinero.

Sin embargo, algunos se pierden en el camino, como el jefe nuevo que llegó el día que Edith Pamplona se fue a trabajar con la competencia. Lástima que se fue; con todo y que me recordara a mi Tía Cuca, con todo y que me enfrentaba a mi complejo de inferioridad sistemáticamente.

Se llamaba Ted Willars, y me hizo extrañar a Edith desde el momento en que lo vi. Era nefasto: rubio, de lentes, corpulento, pelo liso y largo, arrogante, casi no te miraba a los ojos. Enrojecía cuando se enojaba: todo el tiempo.

Pensé que yo era para otro tipo de trabajo, en otro entorno, con otro ambiente. O acaso sería que yo, definitivamente, no quería tener jefe...

Extrañaba profundamente a Edith. ¿Por qué te fuiste, Edith? Llévame contigo, por favor. ¡Llévame contigoooo!

Un día Ted me gritó sin razón en una junta, le pegó a la mesa cuatro veces con el puño y maldijo.

Interrumpiendo la junta, me salí de ahí,y las manos me temblaban del coraje. Le pedí a Ted que me acompañara un segundo afuera y cuando estuvimos solos le pregunté con energía: “Who the fuck do you think you are?” Se lo dije en inglés porque ésa era su lengua materna y quería que el mensaje llegara al fondo de su psique. No paré ahí, le dije que estaba harto de sus críticas destructivas, de sus llamadas a las 11 de la noche, de sus demandas infantiles.

Y me fue como en feria. Y desde ahí me quiso cada vez menos.

Ya hablé con el jefe de mi jefe, el presidente de la compañía, y con el departamento de Recursos Humanos; les imploré que quería reportarle a alguien más, pero nunca pasó nada.

De practicante, y mientras estudiaba, había tenido otros jefes antes que Edith y Ted. Recuerdo a Mike Díaz, un agradable cubano-estadounidense. No le gustaba meterse en problemas y era hands-off, como él mismo decía, lo que me daba la oportunidad de hacerme notar en la empresa con mayor facilidad.

Mike fumaba mucho, comía con gula y salía con la secretaria, que se llamaba Olga, una bella mujer de ojos claros de fisonomía eslava. Mike no hacía otra cosa que trabajar y relacionarse con ella. Su esposa lo dejó, sus hijos y sus hijas crecieron y se fueron. Pero Olga compensaba bien sus carencias; eso aparentaba.

Mike era un genio de la política y la grilla. No hacía nada más que grillar, hasta que llegó a ser presidente de la compañía.

También tuve un jefe español naturalizado mexicano. Éste era más atropellado, desde su nombre: Severiano Ramblas. Hablaba con firmeza y la gente creía que era por enojado, pero no.

En sus ratos libres y alejado de la grilla corporativa Severiano manejaba un negocio familiar donde se vendían vinos, jamones, panes, aceitunas, aceites, mejillones; como aferrándose a su patria, pero él antes que nada se sentía mexicano. Amaba el tequila Porfidio, se sabía todos los usos y aplicaciones del verbo chingar, cantaba perfectamente las rancheras de José Alfredo Jiménez y cuando se emborrachaba le daba por imitar al Chavo del Ocho, a Kiko y a Cantinflas, y, sobre todas las cosas, amaba a su esposa tamaulipeca que se llamaba como muchas mexicanas: María.

En medio de la jungla corporativa con frecuencia pensaba en Catemaco, el pueblecito de mi niñez donde Flora, la cocinera, me contaba cuentos de magia, de espíritus y entes fantásticos. Aunque sólo viví siete años ahí lo recuerdo con claridad y con frecuencia.

También tengo memorias del Distrito Federal —antes de que fuera la ciudad más grande del mundo: del parque de Chapultepec con sus lanchas de pedales, de la montaña rusa, del metro, de las pirámides y de las visitas que hacíamos a mis abuelos paternos que se mudaron de Los Altos de Jalisco. Aunque acabamos en Monterrey por una oportunidad que se le presentó a mi Padre, además mis abuelos maternos eran norteños de pueblitos cerca de la metrópoli.

Algunos de sus habitantes llaman a esta ciudad “la Máquina”. Es contagioso el espíritu emprendedor y la obsesión y la compulsión por el trabajo. Casi no hay teatros, hay poca vida cultural y a los placeres mundanos —en público— se les mira para abajo; hay pocos cafés que inviten a la filosofía.

Todo es jalar y empujar. Órale, jalando, pues qué le vamos a hacer. Además, como me dice Julio, mi amigo queretano: Monterrey tiene un clima muy constante, siempre está de la fregada; como me dice Luis, mi amigo veracruzano: los regiomontanos viven para trabajar.

No aguanté a Ted Willars y renuncié.

Terminé en una compañía multinacional que todavía está en manos de mexicanos, aunque creo que es cuestión de tiempo para que la compren los extranjeros, con eso de la globalización.

La empresa es de lo mejor y tengo una posición envidiable: paga bien y da prestigio. Este puesto lo conseguí después de años de lucha y trabajo. Hice lo que tenía que hacer, me porté como tenía que hacerlo, vestí como tenía que vestirme. Hice los rituales apropiados: cenas, comidas, atenciones; nada me faltó y lo logré. Ya no existía la crisis personal y lo económico estaba bien resuelto. Mi jefe, tranquilo, buena persona.

Empero, no hay trabajo perfecto, todo tiene un precio y el precio de trabajar en este corporativo era –otra vez- la política, la grilla, las intrigas, los bandos. Una llamada, una mirada, un comentario, un venenoso e-mail.

Las mentiras eran lo peor. Medias verdades, omisiones o lo que fuese. Los jefes les mentían a sus jefes y sus jefes a sus jefes, hasta el Consejo de Administración. Se les mentía a los inversionistas, nos mentíamos entre nosotros y le mentíamos a los subordinados. Nadie quiere perder el estilo, la cara. Nadie acepta la culpa de lo malo y todos quieren aceptar la responsabilidad de lo bueno.

Falsedad. Esa falsedad la cargaba conmigo. La cargaba conmigo a mi hogar, donde también en forma parecida percibía bandos, intrigas y luchas de poder.

Ah, y Plutarco. Plutarco era el sub-director y el capo del lugar. Tenía su séquito de compinches, su harem, su banco, sus infiltrados y sus espías.

Dicen que organiza fiestas con abundante bebida, comida y hasta drogas. Pero en la oficina ese equipo parecía que tenía un pacto con el diablo porque las cosas funcionaban y trabajaban bien, eran competentes; a pesar de que todo lo que hacían era cuestionable: inflaban números, exageraban logros y minimizaban fracasos.

Tenían a Plutarco rodeado siempre de auditores y jamás le pudieron comprobar algo chueco. Ésa es era la fuerza negativa en acción, la magia negra, donde los malos acababan ganando, impunes. Ésa es la comprobación de que el crimen a veces sí paga, que la vida a veces tarda en cobrar y a veces se le olvida. A Plutarco todo le salía bien; todos se quejaban de su banda pero nadie se atrevía a quejarse de él.

Me acordaba de repente de Lucas, un tipo héroe, que lo despidieron por idealista, por su compromiso tan arraigado con la empresa que perdió su enfoque práctico. “Se parece a Don Quijote”, dijo el presidente de la compañía.

Y yo no quiero ser un Don Quijote. Yo no quiero ser un Plutarco. Y no quiero ser un Zombie.

(En dos semanas la parte 9: El Zombie)

 

Ideako y su Mente Voladora Parte 7

Ideako y su Mente Voladora Parte 7

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

Del dinero y los negocios

Ah, el dinero.

El dinero fue el tema central una vez que terminé la universidad. Estudiar algo relacionado con negocios era algo obvio. Había que hacer dinero, salir eventualmente en la portada de Fortune, Business Week, América Economía, Expansión o por lo menos en la primera página del Wall Street Journal.

Yo, el muchacho más rico del mundo, el Bill Gates mexicano, el genio de las finanzas. Sí, dinero a montones. Después de todo, yo era otra vez el chico maravilla. Todo mundo me lo decía.

Leí lo que había que leer en temas de negocios, fui a seminarios, conferencias, y establecí mi primer negocio para dejar salir esa furia del recién egresado al mundo laboral.

De jovencito siempre me gustó ponerme saco y corbata porque me hacían lucir más grande y formal. Disfrutaba al cargar el maletín y hacer viajes de negocios.

Yo la iba a hacer, les demostraría a todos quién soy: a mis compañeros, a mis colegas, a mi familia y, sobre todo, a todas las mujeres que no me hicieron caso. Se arrepentirán, la voy a hacer en grande, me desearán con añoranza de lo que pudo haber sido.

Y arranqué un negocio y por los primeros tres años me fue bastante bien, pero terminé por cerrarlo. Se vino una devaluación de ésas que favorecen a los exportadores y eliminan a los importadores como yo. De ésas en las que la reserva de dólares se está terminando y los encaramados en el poder tienen a bien anunciarles con tiempo a sus amigos empresarios y a sus colaboradores, quienes se dedican a comprar por montones dólares agudizando la situación.

 

Las tasas de intereses se dispararon y de pronto el banco se sintió mi dueño. Desgraciados, ¿cómo quieren que les pague si la tasa de interés subió –en sólo 60 días- del 25 por ciento anual al 134 por ciento? ¿si la devaluación llevó al peso de 3 x dólar a casi 9?

Aunque en México las crisis económicas eran costumbre, esta fue desastrosa y el país quedó devastado. Miles de personas perdieron sus casas hipotecadas o simplemente las abandonaron para que el banco tomara posesión de ellas; aunque la banca no las quería, no les quedó de otra.

Miles de automóviles que eran pagados puntualmente, mes a mes, fueron devueltos. Pocos podían pagar y absorber ese incremento.

En esta crisis, como en las anteriores, nació una nueva clase en México: los nuevos pobres.

Se dispararon los problemas laborales, de negocios y emocionales. Mexicanos contra mexicanos: proveedores contra clientes, amigos contra amigos, familias contra familias y uno contra uno mismo.

Subieron las tasas de suicido, los problemas de depresión, los divorcios. La mayoría de los mexicanos en edad económicamente activa quedaron fichados en la lista negra como no pagadores en el Buró del Crédito. Sólo un puñado de personas, los potentados, los grandes, los exportadores, los amigos del sistema, quedaron a salvo; y si no, los salvó el Fobaproa o como le llamen.

Y ahora mis deliberaciones, en lugar de ser filosóficas y psicológicas, versaban sobre negocios, dinero, pagar deudas, ganarme la vida.

No sabía qué hacer. Tenía deudas, no tenía dinero ni un plan. Pero esta crisis no era tan relevante con la crisis personal que había sufrido antes.

Las crisis no lo son mientras no sean personales. Estaba triste y preocupado, pero me tenía a mí; esto es lo más importante de todo.

Pensaba en qué hacer. Un amigo, César —quien había comprado coberturas cambiarias y era exportador—, se hizo más rico con las cuestiones financieras que con las operaciones normales de un negocio o con algún puestazo en una empresa corporativa. Así que era más fácil ganar dinero depositándolo en el banco o en la casa de bolsa, que ganarlo trabajando.

Cash is king.

Empecé a buscar empleo; toqué puertas, hice llamadas, imploré, pero nada.

Los nervios me empezaron a comer.

Y yo a comer de más. Subí de peso, la barriga se imponía. El perro me ladraba.

La casa me expulsaba como el botón de eject en un cd player, como el tapón de una botella de champaña agitada.

Había caído en una rutina de recién nacido: me despertaba el hambre y, cuando me daba sueño, dormía; despertaba con antojos, iba a la cocina, comía y bebía algo, me sentaba en el reclinable y a dormir otra vez. Un ciclo perfecto hacia algún agujero oscuro.

Tenía malos hábitos, tenía problemas, pero aún me sentía a mí mismo, con cierta fuerza. Comparaba esta crisis con la que me había avasallado antes y, la verdad, ésta no era tan grande. Nada como aquélla depresión. Nada como sentir que rozas la locura, que te arrolla la duda, que el miedo te doblega, que te quedas sin energía.

Y en mi vasto tiempo libre nuevamente me encontré pensando en la máquina del tiempo. Regresaría y nunca me habría convertido en importador, habría comprado dólares un día antes de la devaluación. Nunca habría pedido dinero prestado al banco.

Al día siguiente me calcé unos tenis y una camiseta que decía California Heaven y lo hice. Me decidí a cambiar mis hábitos, a declararle la guerra a esa silenciosa entropía.

Salí para hacer ejercicio. Me dirigí a un popular parque que se atiborra de deportistas cada mañana, todos —me dije— eran gente como yo. De pronto sentí un estímulo interesante al ver muchachas en shorts corriendo y estirándose con gracia: juventud, fuerza, sudor, energía.

Que temporalmente no tuviera trabajo ni dinero, eso no importaba; sólo yo sabía mi situación.

Saludaba a todo el mundo, hola amigos y amigas deportistas, colegas, ahí voy yo; corriendo como ustedes, qué listos somos, qué bien que hacemos algo por este cuerpo que atrapa al alma, ahí voy, bien, muy bien, bien, sonrío, bien, muy bien, uno, dos, uno dos, respira hondo, fiuuuuuuuueeaahhha.

Empecé muy bien. Sentí la brisa del cambio en mi rostro e imprimí una velocidad que por lo visto no era suficiente. Me empezaron a rebasar casi todas las muchachas —incluso gente mayor— y empecé a apretar el paso. Qué vergüenza que me ganen.

 

Noté que cada vez que pasaba una mujer, como perro pavloviano, me daba por acelerar el paso y enderezar la postura. Uno, dos, uno, dos, quería impresionarlas, pero ya no podía más. Estaba seguro de que mi cara de puje ya se estaba manifestando, los pasos y los movimientos seguramente se veían torpes, rígidos, difíciles, unnoooaaaujuu, doussdouuuuufffff, unooooamaaamuuu, doissssssuuufff.

Seguía luchando, estaba demasiado consciente de mi alrededor, demasiado auto-monitoreo. Y ya no podía más. Pujaba, miraba, luchaba por mantener el paso. El aire se me había ido, el pecho me ardía.

De repente miré a una preciosa mujer joven corriendo directamente en mi contra, como si se dirigiera a mí. La veía y miraba sus piernas, su pelo, sus shorts justos en los lugares precisos, su pelo recogido y largo.A ésta sí le voy a poder sonreír; viene hacia mí y voy a hacer contacto visual con ella, quizá lo está haciendo a propósito; qué bien corre, qué belleza. Sonríe, Ideako, sonríe, límpiate el sudor, acelera el paso, cuida tus movimientos, derechito. Ay, qué pechos, que piernas.

Pero tropiezo.

Por poco me caigo.

Ojala me hubiera caído porque en el esfuerzo por evitarlo mi cuerpo se desdobló en formas extrañas, sin gracia, con torpeza. Como muñeco de trapo descoordinado que hacía lo imposible por evitar la vergüenza frente a ese monumento de mujer.

Pum, pum, pum, cataplum. Iuuurrruuhgggarrggh. Aarrggggghhhhhh.

Me senté para recuperarme. De seguro le provoqué pena ajena a todo el mundo.

Ella sigue corriendo, me miró, le bajó un poco al paso. Con la mirada me pregunta si estoy bien, con mi mirada le digo que no pasó nada. Y ella se va. Sigue corriendo. Ya no quise voltear, no podía de la vergüenza.

Me reincorporé, como si nada hubiera pasado. Seguí corriendo como estúpido, como queriendo engañar a los cientos de personas que de seguro vieron mis movimientos torpes. Tras unos cinco minutos me animé a buscarla a ver si todavía estaba por ahí; pensé que hasta nos habríamos hecho amigos si no hubiera tropezado.

La vi y nada, ni voltea ni me tiene en su cabeza. Quizá aceleró el paso para alejarse de mí. De este pobre diablo que no tiene trabajo. Quizá lo sabía, quizá se dio cuenta por mi cara de amargura, o quizá fue mi panza la que me delató. Loser! Loser! Loser! Looooossserrr!

Llegué derrotado a casa. Me bañé con agua hirviendo cuando debí hacerlo con agua fría para estimular la circulación. El agua fría te da energía, te hace fuerte, te incrementa los mecanismos de defensa, cuando menos eso decía el doctor Breuer –mentor de Freud-que se lo recetaba a sus pacientes.

Desayuné una vieja dona de chocolate y me puse a llamar a algunos amigos. En mi casa ya nadie me quiere. Necesito salir.

Uno de mis amigos se compadeció y me citó en un café.

Me dio un gusto enorme tener una cita a la mañana siguiente.

Le dije a mi esposa, le dije a mis hijos, me cercioré de que la cocinera me escuchara. Hasta miré al perro, como si le informara. Me fui a dormir temprano pero no logré conciliar el sueño. Me levanté y, sin desayunar, llegué a la cafetería dos horas antes.

A esa hora no había gente, eran las 6:30 de la mañana. Compré un periódico en el camino y ordené un café espresso, para despertar, y me puse a leer.

El espresso me lo eché como trago de tequila y pedí un americano para que me durara más; faltaba hora y media. Leí todo el periódico con detalle, no dejé nada sin leer. Revisé los avisos de ocasión, sobre todo la sección de empleos, personales y negocios.

La mesera se llamaba Juani, según decía su gafete. Le pedí una pluma y me la prestó, condicionándome su regreso.

Me pregunté en qué soñaría Juani. Cómo sería su vida, qué hace después del trabajo. Si tuviera la máquina lectora de sueños de Ciro Peraloca lo podría saber pero ahora no la puedo comprar, necesito primero asegurar el gasto corriente.

Subrayé lo que parecía interesante en los avisos de ocasión. Luego puse círculos a los que consideraba de mayor valor. Después flechas, rectángulos, triángulos; mi amigo no llegaba.

Pasaban ya de las nueve.

Después de tres horas me harté del sabor de los panes con mantequilla y miel de abeja. La boca me sabía a café. A café excesivo, al café del desesperado, al café que se toma diez o no sé cuantas veces, al café del desempleado.

La sección de avisos de ocasión estaba rayada, parecía que había marcado todo. Sólo yo le entendía, creo.

Sujetaba el periódico pero no se quedaba firme: temblaba por el exceso de cafeína, se agitaba como si tuviera vida propia. Quédate quieto, desgraciado periódico, la gente nos mira.

Juani me miraba con una ligera expresión de desprecio, como pensando que yo sólo quería usar la cafetería como oficina.

Ya le había regresado la pluma. Ya no regresaba sonriente a ver si me ofrecía algo más. Cada vez que pasaba se cercioraba de que ya me había dado la cuenta y la miraba: paga y vete, parecía decirme. Y sí, ahí estaba la cuenta esperando todavía a que llegara mi amigo para pagarla. Con la emoción se me había olvidado mi cartera en la casa.

 

No llegaba. Pensé en huir corriendo. En desaparecer. Pensé en la máquina del tiempo. Pensé en mi familia. Me vi lavando platos, limpiando baños para pagar la maldita cuenta en este café.

Quería volver el estómago, quería vomitar. Sentía el reflujo del café, sentía lo amargo; ojalá le hubiera añadido azúcar y leche, pero me gustaba negro, negro como sentía mi alma, negro como mi panorama, como mi futuro. Ah, sí, meserita, me miras feo, pero qué tal si vomitara, ¿tú tendrías que limpiar, verdad? Empecé a sudar, mis manos seguían temblando, mi respiración corta y acelerada. Ay, no, vomitar no, quizá sea yo mismo el que tenga que limpiar.

—Hola, Ideako, ¿cómo estás, llegaste hace mucho, pediste algo? Era César, impecable, elegante, con una corbata vino oscuro, sonriendo.

No pude decir palabra. Tenía miedo. Sentí ganas de llorar no sé ni por qué, quizá de gusto porque había llegado quien pagaría mi cuenta. Quizá por la náusea por el exceso de café, quizá por autodestructiva lástima de mí mismo.

César se sentó y me puso la mano en el hombro.

Preocupado, llamó a la señorita que había pasado del amor al odio en apenas tres horas y media y le dijo con firmeza: “Señorita, café para el señor, le gusta negro, por favor”.

(parte 8 siguiente semana)

 

Ideako y su Mente Voladora Parte 6

Ideako y su Mente Voladora Parte 6

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines  

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

Sáquenme de aquí por favor. 

Yo me quería ir de México inmediatamente. Quería estar solo. Mis lecturas, la terapia, las dinámicas, mis ejercicios de doble silla a-la-Gestalt me habían hecho entender muchas cosas. Pero lo que realmente quería era largarme, alejarme de todo. 

Pensé en estudiar una maestría, en irme de camping por Europa, recorrer el mundo entero, conocer las ruinas de Egipto, ir a Potala en Lhasa. Pensé en Sudamérica, en California y en todo el rollo asociado a la idea de que “en el viaje exótico me encontraré a mí mismo”; la cura geográfica. 

¿Qué iba a hacer? No importaba, el asunto era marcharme de aquí. A cualquier lado.

Tenía algunos ahorros, gracias a que mi padre financió mi tratamiento, y estaba seguro de que era el mejor momento para irme: sin trabajo, sin novia, con mi familia pensando que estaba loco, sin compromisos. 

Bye, México! Lloraré de nostalgia cuando escuche tu música; extrañaré los tacos, el pozole, las tortillas; extrañaré a la voluntariosa de mi vecina. Extrañaré muchas cosas, pero me voy. No sé si volveré, me voy. 

Me fui a California, a un pueblo llamado Watsonville y donde en una colina había un instituto de terapia llamado High Madonna Center. Por lo visto quería continuar con mi viaje hacia dentro del psique. 

Los líderes eran un matrimonio de apellido Silverstein; ella se llamaba Mary, él Bob, y sólo aceptaban en su curso de dos meses a psiquiatras o psicólogos, y como yo ya me sentía un experto hice una solicitud. Mentí sobre mis estudios aunque más bien, nunca me los preguntaron, y con muchas ganas entré a ese universo. 

Me acuerdo el día que llegué. Me topé con profesionales de varias partes del mundo, de Suiza, Hungría, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Israel, Inglaterra, Australia. Yo era el único latinoamericano en el grupo, y el más joven de todos.  

Compartía la habitación con un canadiense, un estadounidense y un asiático. El oriental me quitó la cama que había escogido porque, dijo, él era mayor que yo. Y a mí qué me importa Yoshitaka Moronaga. En su cultura los viejos son lo máximo; en la mía, a mi edad y con mi rebeldía, me valía madres lo viejo que era. Pero ok, Yoshitaka Moronaga. 

Luego nos hicimos amigos. Yoshi, le decía, y fue una de las primeras víctimas con las que practiqué mis clases de hipnosis. El desgraciado se durmió y empezó a roncar, y eso no va con la hipnosis. Algo propio de Yoshi eran los ruidos de su cuerpo, de cualquier índole, los cuales emanaban espontánea y desenfrenadamente. Él decía que era bueno para el cuerpo y se abandonaba al ruidoso proceso de la fisiología; su especialidad eran los eructos. Nos quedábamos mudos. Otra cultura, sin duda. 

Mi vecino de cama, a mi derecha, era un judío estadounidense. Siempre correcto, siempre bañado, peinado y muy derechito. A mi izquierda estaba Jack, el canadiense. Era como un niño chiquito que dormía con tres almohadas apiladas en la cabeza. Me impresionaba cómo no se rompía el cuello o cómo no lucía ya una papada de cigüeña. 

El entrenamiento era práctico. Se hablaba un poco de teoría en la mañana y luego terapia de grupo por la tarde. Los pacientes éramos nosotros mismos y los resultados se hacían públicos para compartir el conocimiento. Formidable. Ahí aprendí más sobre mí, sobre las personas, sobre las culturas.

El salón estaba lleno de profesores y terapeutas, muchos de ellos brillantes, y yo absorbía todo. Aprecié la valentía de todos al decir las cosas como eran y cómo lidiaban con ello. Era gente verdaderamente atrevida y audaz en ir directamente al grano. Sin rodeos. De frente. 

—Yo tengo problemas para llevarme bien con mi esposa —que estaba también presente—, de repente me siento atrapado y quiero estar sólo y ella lo interpreta como que quiero poner distancia, y a veces dudo de que esa sea en verdad mi intención —decía un velludo hombre mientras que su guapa esposa lo miraba con los ojos llenos de lágrimas. 

—Yo le tengo miedo a las alturas —dijo un alemán. 

—Yo tengo dudas de mi orientación sexual, me gusta hacer deportes de hombre, estoy más fuerte físicamente que muchos y no me he casado. Nunca he tenido relaciones lesbianas y admito que me da curiosidad, pero no me considero lesbiana, simplemente dudo —decía una deportista australiana. 

Qué miedo, y yo qué voy a decir.  

Y uno a uno los Silverstein les daban terapia y todos los demás, cuaderno en mano, tomábamos notas –que ya no sé donde quedaron-,  aprendíamos, observábamos el proceso, vivíamos el camino y nos proyectábamos de manera consciente o inconsciente en la vida de cada uno de nuestros compañeros. 

Aquí había un grupo de profesionales de la salud mental —menos yo— que venían de varias partes del mundo a aprender técnicas para ayudar a sus pacientes, y la forma de hacerlo era ser ellos mismos los pacientes. Sanaban para sanar. Se curaban para curar. Eran pacientes para ser terapeutas.  

Decidí asumir la misma posición. Me crecí cuando Mary Silverstein alabó una técnica mía y me convertí temporalmente en terapeuta; no me intimidaba, quizá por inocente, y, como ellos, me lancé al ruedo para también ser objeto de estudio mientras lidiaban con mis asuntos. 

Mientras a alguien le tocaba su turno como paciente, otro la hacía de terapeuta y eso sí que era presión: la parte emocional, más sensible de la persona, su miedo más horrible, su pesadilla más tétrica estaba en tus manos. Todos observábamos y podíamos intervenir, aclarar, refinar, criticar. A veces eran discusiones grupales, a veces nos quedábamos mudos ante la profundidad de la interacción. 

El hombre velludo concluyó que estaba copiando el patrón de su propio padre: distante, frío e inconforme, y por eso acabó gritándole, imaginariamente, que no sería como él. Que prefería ser cualquier otra cosa pero no otra vez él.

Al alemán que le tenía miedo a las alturas lo hicieron subirse al techo más alto del lugar y ahí, en vivo, le dieron terapia. Todos mirábamos desde abajo. 

La australiana comprendió, con ejercicios y los comentarios de todos, que sus intereses y sus preferencias en actividades de trabajo o esparcimiento no tenían sexo. A un hombre le puede gustar la cocina, el jardín o incluso trapear y barrer; a una mujer, cortar leña, trepar montañas y odiar el ballet; pero una cosa no implicaba la otra.  

Fascinante, interesante, maravilloso, aunque después de un mes de estar ahí empecé a saturarme. Too much 

Primero, mi lectura obsesiva y tenaz. Luego mis grandes dosis de terapia y, ahora, esta ONU de la psicología. 

Renté un automóvil y en las tardes me iba a dar la vuelta por los condados pequeños. El fin de semana visitaba lugares como San Rafael, Los Gatos, Monterey, Carmel, San Bruno. Yoshitaka Moronaga me acompañaba, siempre en silencio, salvo sus ruidos corporales. Los Beach Boys en mi cabeza, wish they all would be California girlssss. 

Como en flashbacks, empecé a recordar mi vida pasada, mi programación previa, mi ciudad, mi barrio, mi familia, mi ex trabajo. 

Empecé a acordarme de los activos y pasivos; el cargo y el abono. Los números, los negocios, la estrategia, el consumidor. ¿Y el dinero? 

Fui de un extremo a otro, como péndulo. De los negocios y la estructura, hacia lo personal y el descubrimiento. Era hora de acercarme hacia el centro del péndulo. Ya estaba fuerte, más seguro y,creo, más evolucionado (?).

Alcancé a verme a mí mismo en esa otra dimensión de la vida. Hacía ejercicio todos los días, comía bien, me sentía robusto, saludable, atlético.  Ya era hora de regresar. Además, se me había acabado el dinero.  

Aunque la idea de volver a la realidad me causaba algo de shock. ¿De qué voy a vivir? Y si me caso, ¿cómo voy a mantener a mi familia? 

Ya me conocí, ok, ya cubrí la cuota, ok, ya aprendí de mí, ok, ¿y la lana?

Un amigo pintor me lo dijo un día que odiaba al dinero, —“Porque no me deja hacer lo que yo quiero, porque inhibe mi sensibilidad artística, porque me demanda y no me deja fluir a donde yo quiero”. Mmm.  

Hasta ese momento nunca me había puesto a pensar que podía dedicarme a hacer otra cosa de manera profesional donde la prioridad no fuera hacer dinero. La fiebre del dinero. Todos esos años de programación para convertirme en una máquina productora de dinero y el pintor que lo odiaba empezaban a tener sentido. Yo no lo odiaba, simplemente entendí lo estrecho de la meta. 

Yo quería pintar cuando era niño, pero no tuve clases de pintura y terminé en las de matemáticas. Quería ser baterista, medio rockero, y tocar como Ringo Starr pero fui alejado de cualquier instrumento musical y mi corte de pelo era militar.  

Me hice tenista, vestido de blanco. 

La vida es más que ganar dinero, sin duda, pero como quiera lo tengo que ganar. Necesito ganar dinero. Sentí que empezaba a caer en lo que Dostoyevsky llamaba “exceso de conciencia”.

Tenía que dirigirme hacia fuera de mí; vivía demasiado tiempo adentro de mí,,, y creo que esto es tan malo como estar demasiado tiempo afuera. Era tiempo de regresar.  

(Próxima semana parte 7)   

Descarga de Ebooks

  • 1
  • 2

Minuto a minuto

Horacio Marchand

La estrategia está donde se invierte tiempo, dinero y atención; es lo que se hace todos los días.

by Horacio Marchand