Ideako y su Mente Voladora Parte 5

Ideako y su Mente Voladora Parte 5

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, o una real con toques de ficción, y que fue escrita hace más de una década......como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

 

La primera tarde con el psiquiatra Diiing, dooong  

Las cuatro en punto. La cocinera me dijo que había llegado el doctor…. y me pregunté qué pensaría nuestra amable cocinera veracruzana sobre mi condición. 

Otro apretón de manos y siguió la dialéctica.

Eran incansables mi curiosidad, mi intriga, mi interés de que alguien ajeno me explicara, me ayudara a darle sentido a todo y, en cierto grado, me validara.

En el embate de dudas y ponderaciones pasaron las cuatro horas como si nada. --Se acabó el tiempo, me dijo. 

Y volvió a preguntarme: ¿Cuándo te gustaría que nos viéramos otra vez? 

—Mañana por la mañana, a las 9, y después si quieres nos vemos otra vez a las 4 de la tarde. 

—¿Quieres que te vea todos los días ocho horas diarias? ¿No te parece demasiado? ¿No quieres que vea a otros pacientes? ¿Realmente crees que necesitas tanto tiempo? 

—Quiero salir de esto lo más rápido posible. Hagamos lo que tengamos que hacer, pásame por la rutina, ejercicios, dinámicas o lo que sea pero rápido. No me eches el rollo freudiano de que me voy a tardar veinte años en progresar. Hasta Woody Allen se la pasa presumiendo sus décadas de tratamiento, pero yo no soportaría esto. 

Y él, sin mostrar emoción, aceptó que nos viéramos todas las mañanas durante cuatro horas diarias; respecto a la tarde, me convenció de que ya no era necesario porque convenía dejar espacios “para que se asentaran las cosas”, pero como quiera, insistía que le parecía demasiada terapia. 

Le llamé hiperterapia porque si tomas en cuenta que las terapias normales son en promedio de una hora por semana, entonces yo recibía todo un mes de terapia en un sólo día; un año en dos semanas, dos años en tres semanas.  

Y así estuvimos cuatro meses. A una tasa de veinte horas por semana, multiplicadas por cuatro meses, terminé recibiendo terapia durante 320 horas. Siete años de terapia ininterrumpidas en cuatro meses.

¿Tan mal había estado? ¿Tan desesperado? 

Con el dineral que les había costado a mis padres, el doctor me anunció un día que ya había abierto su consultorio en forma y a todo lujo. 

No quise ni preguntar cuánto costó la hiperterapia; mis padres estaban asustados y querían a su hijo de regreso.  

Pero el hijo que habían conocido ya se había ido. Aparecía otra nueva versión de mí que, aunque difusa e incierta, era una totalmente distinta. 

Al término de esos cuatro meses, más los seis que llevaba sin trabajar, les anuncié en mi casa que me iba a vivir a otro país.  

Que me iba. 

No sé a dónde. 

No sé con quién. 

Pero me iba. 

Bye. 

Hasta la vista. 

(próxima semana Parte 6)

Ideako y su Mente Voladora, parte 4

Ideako y su Mente Voladora Parte 4

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(como antecedente, lee la parte 1 de esta serie) 

Ni tan loco 

Descubrí a la duda existencial; a la famosa, la conocida, la temida. Existía después de todo.  

Descubrí que la estructura de vida de estudiante, de semestre tras semestre, examen tras examen, no te da tiempo de pensar en nada. Es como estar subido en un tren a toda velocidad con los destinos y paradas pre-definidas; hasta que te tienes que preguntar a dónde quieres ir en realidad. 

Descubrí que hombres y mujeres, mucho antes que yo, se habían hecho preguntas similares a las que yo me había hecho y habían realizado esfuerzos extraordinarios por contestarlas. 

Descubrí la conexión entre las partes física, mental, emocional y espiritual. Una tocaba a todas las demás, como en carambola reaccionaban las otras. Se invadían mutuamente, para bien o para mal. Por eso el problema del diagnóstico. Un problema espiritual puede haber empezado con una bronca física; una física puede haber empezado con un cansancio mental crónico; uno mental por un vacío espiritual. 

Descubrí que la genética era más importante de lo que creemos. Que la propensión a las enfermedades y los vicios, los grados de violencia, al mismo tiempo que talentos, intereses y cualidades están influidas por un código genético.  Descubrí que a un enfermo mental lo puedes curar con algún tipo de sustancia y que es irrespetuoso llamarles “locos” a los pobres humanos que simplemente padecen de una descompensación química.  

¿Cómo era posible que una persona pudiera pasar de agresiva, psicópata o esquizofrénica a “normal” con sólo alterar su biología? ¿Cómo era posible que una persona sana y balanceada pudiera volverse errática e incompetente porque se le había alterado su química cerebral? 

Descubrí la discusión recurrente de Nature vs. Nurture… cuál tiene más peso: la genética o el medio ambiente donde crecimos? 

Descubrí que las personas también pueden ser autodestructivas, crueles, cobardes, malas; mejor dicho podemos ser. La uni-dimensionalidad es una fantasía; somos buenos y malos, equipados con luz y sombra. Eso de sub-contratar al diablo para aventarle y depositarle nuestra parte “mala e inferior” es bastante cómodo pero irreal. 

Descubrí a “la sombra”: aquella parte interna nuestra que nos sabotea, que nos limita, que no nos deja ser pero que también puede ser una fuente increíble de energía y sabiduría.  

Al final de la vida la batalla es entre tú y tu sombra; de esto hablaré con más detalle adelante. 

—Mamá —le dije, después de seis meses de estudios intensivos—, estoy listo para el psiquiatra. 

El psiquiatra 

Tenía cara de pirata. Era un hombre de casi cincuenta años, divorciado, de mirada intensa, labios apretados y de andar rígido. ¿Éste me va a ayudar a mí? 

La primera sesión arrancó.  En su papel de psicoterapeuta, guardó silencio y esperó a que yo comenzara. Se quedó esperando. Nos miramos por unos momentos, como midiendo el terreno. 

Ahora que me sentía informado y arropado por docenas de libros, corrientes, ideas, le pregunté.— ¿Qué técnica usas? Se me quedó viendo como si no lo creyera. 

—¿Qué técnica usas: psicoanálisis, gestalt, racional, cognitiva, transaccional o cuál? —insistí. —Una combinación de técnicas, las aplico según convenga en el caso —me contestó. Yo pensé que era la respuesta más cuidadosa que podía tener, y siguió callado.

Pasó otro largo momento, hasta que habló. —¿Qué quieres cambiar en tu vida? 

Todo. Y empecé a contarle. 

Que había llorado todos los días sin parar durante tres meses. Que no sabía qué me pasaba y que el lugar donde me encontraba era horrible. Tenía seis meses sin trabajar y yo, considerado el chico maravilla, estaba en una situación que sentía fuera de control. Mi novia me había abandonado por raro e inestable y mi familia, a excepción de mi madre, pensaba que estaba loco. 

—Mira, doctor —le pregunté si podía hablarle de tú y me contestó, estoico, “Como prefieras”—.  

Mira, doctor, hay una fuerza que no puedo describir pero que me quitó la mía. No tengo fuerzas para hacer ejercicio, amanezco todas las mañanas con la nariz y la garganta tapadas, me duele la cabeza con frecuencia. No hago más que leer, leer y leer. Tengo apenas tres meses que empecé a controlar mis emociones, pero sigo sintiendo angustia, miedo y, sobre todo, confusión. 

—¿Qué quieres cambiar en tu vida? —volvió a preguntarme, como si no hubiera escuchado nada de lo que dije. 

Me quedé callado. Pensando. Silencio. Miradas. 

—Quiero dejar de sentirme como me siento y quiero avanzar, no me quiero quedar aquí. Quiero cambiar todo lo que tenga que cambiar para dejarme de sentir como me siento. 

—Entonces quieres cambiar la forma en que te sientes. 

Empezó a hacerme preguntas. —¿A qué le tienes más miedo? ¿Cómo te llevas con tus hermanos y hermanas? ¿Y con tus padres? ¿A qué aspiras en la vida? ¿Te gustó tu niñez? ¿Y tu vida sexual? ¿Drogas o alcohol? 

Empecé a hablar. Hablaba sin parar. Le daba mis puntos de vista y rápidamente le contaba mis avatares. No batallé en abrirme. Así como Don Quijote se llenó la cabeza de historias de caballeros y guerras, yo había llenado la mía de conceptos psicológicos y filosóficos. Tenía historias y referencias para compararme con los numerosos personajes que los autores ponían de ejemplos.  Yo tenía mi propia historia y quería contarla, y sobre todo quería curarme y entender lo que pasaba conmigo. 

Catarsis.  Entre Charcot, Breuer y Freud pulieron esta idea a principios del siglo pasado. Le llamaron la cura del habla. Afirmaban que sacar ideas, compartir sentimientos y expresar lo íntimo puede curar por sí mismo. El asunto no se queda ahí, pero es un comienzo excelente. Tener a alguien con quién hablar y que no te juzgue —o por lo menos que no lo demuestre— es curativo.  

Además, a este psiquiatra nunca lo volvería a ver una vez que terminara el tratamiento. No conocía a nadie de mi círculo y ya me había aclarado la cuestión del secreto profesional: todo se queda entre tú y yo. 

La catarsis no necesariamente tiene que ser un profesional de la psicología; puede ser un sacerdote, el atento oído de un amigo o amiga, de algún familiar o vecino. El único requisito es que te sientas escuchado con interés. 

Tras soltarle un vasto arsenal emocional y de ideas al psiquiatra, empecé a hacerle preguntas a él. ¿Qué tan normal era lo que me estaba pasando? Si estaba enfermo, ¿cómo se llamaba mi enfermedad, tenía algún nombre o era tan original que yo que era el primero de mi especie? Si no estaba enfermo, entonces qué.  

Todo un blitz inagotable. Por cada pregunta que él me hacía yo le hacía tres.  Y él, aunque nunca me contestaba de forma directa, me respondía lo suficientemente bien como para que yo sacara la “mala” energía. O cuando menos eso era lo que sentía. 

La primera sesión se prolongó durante cuatro horas y media; demasiado tiempo para los estándares tradicionales. Esto sí que no era normal.  Sucede que este psiquiatra acababa de llegar de una especialización en Estados Unidos y apenas montaba su despacho, el cual todavía no le entregaban. Y yo era su primer paciente o, para el caso, el único, y ahí en mi casa lo consultaba, en el jardín, bajo la sombra de unos árboles que de seguro se intimidaban con la extraña conversación. 

El psiquiatra me preguntó cuándo me gustaría verlo de nuevo. —Después de comer, si te parece. —¿Hoy mismo? —fue la primera vez que lo miré sorprendido. —Sí, hoy mismo. ¿O tienes otro compromiso? —Mmmm, no. Nos vemos a las cuatro.

¿Cuánto tiempo te gustaría que nos viéramos en la tarde? Le contesté si le parecía bien otras cuatro horas. Movió la cabeza y dijo ok.

Se paró y me dio un fuerte apretón de manos mientras me fulminaba con su mirada que me decía quién sabe qué, como un mensaje o algo, pero no lo supe descifrar.  Se echó a andar y sin voltear dijo “nos vemos al rato”.

(Siguiente semana Parte 5).

Ideako y su Mente Voladora Parte 3

Ideako y su Mente Voladora Parte 3

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(como antecedente, lee la parte 1 de esta serie) 

El Chico Maravilla Deja de Brillar

Yo era un muchacho prometedor: serio, sano, estudioso, deportista. Tenía mi camino trazado y certeza de lo que sería mi vida: una carrera profesional, un trabajo, una maestría en Administración de negocios (MBA), una buena mujer, hijos. Nada complicado, nada extravagante, pero las cosas cambiaron; cambiaron radicalmente y en 180 grados.

El cambio fue súbito y, aunque en ocasiones me avisó de manera sutil, decidí ignorarlo. No le hice caso a los avisos; estaba sobre estimulado por el mundo, por las metas profesionales y sociales.

Y me olvidé de las personales. Esto me costó --mucho.

Era un día de primavera, de esos donde las flores aparecían, los pájaros cantaban y los colores regresaban ….. pero yo empezaba a sentirme triste y apagado. No sabía qué me pasaba. No me sentía bien.

Tenía 25 años, la fuerza de la juventud, amistades, mi novia, una buena familia y un buen empleo, pero me sentía vacío y confundido.

Mi trabajo empezó a parecerme aburrido, rutinario, intrascendente. Mis padres me empezaron a parecer excesivos y sobre protectores. Mi novia me empezó a parecer vana, superficial. Mis hermanos y hermanas, necios.

Recuerdo que la contaminación en cielo se veía más roja que de costumbre.

Me convertí en un inconforme, en un insatisfecho, en un rebelde que no encontraba su causa. Lo único que sabía era que tenía que cambiar mi vida radicalmente.

Pensé en la crisis de los cuarenta, pero no, sólo tenía 25 años. Ah, entonces debía tratarse de algo físico, dijo mi padre. Fui con tres médicos generales que me hicieron estudios de todo, y nada. Normal el muchacho. Todavía no tenía panza en aquellos tiempos, estaba fuerte y vital, pero mi espíritu se apagaba.

Fui de mal en peor. Un día por la tarde, después de pelearme con mi novia y de haber pasado un mal día en la oficina, me puse a llorar en mi cuarto. No era para tanto, ya me había peleado mucho peor con mi novia, ya había tenido peores días en la oficina pero el llanto se impuso.

Era un llanto mudo, para que no me escucharan. Era un lloriqueo dificultoso que apenas salía, pero no cesaba. Hacía ruidos raros con la garganta, como resistiéndome, pero mi lucha por controlarme estaba perdida, la tristeza me ganó. Fueron casi dos horas de un llanto denso y semi-controlado.

Al día siguiente decidí renunciar a mi trabajo.

A simple vista podría pensarse que se trataba de una depresión y que para eso hay medicamentos como Prozac, Paxil y otros; pero esto fue hace años donde no había nada de esto. Además, nunca me diagnosticaron una depresión y de hecho, nada en concreto. Ah, qué muchachito, parecían decir los doctores, tiene todo por delante y no lo valora, decían con su actitud. Y eso sólo me hacía sentir peor.

Al poco tiempo empecé a desarrollar algunos síntomas, el principal de ellos fue una congestión de las vías respiratorias y fuertes dolores de cabeza. Empecé a comer en exceso, dejé totalmente el ejercicio, mi novia me abandonó hundida en confusión.

Llorar se convirtió en un hábito diario, entre las 4 y las 7 de la tarde: esa era la única disciplina en mi vida: llorar.

Y lo peor: ni siquiera sabía por qué.

Mi madre me veía con tristeza. Un muchacho con todo el brillo y la promesa del mundo sumido repentinamente en la oscuridad. Vivía en la sombra. De día no abría las cortinas; menos de noche. La oscuridad era mi ambiente.

Me puse a leer mucho, de todo. Me sentía enfermo y no quería volverme loco. Me recomendaron psiquiatras, psicólogos, sacerdotes, orientadores profesionales. Yo me resistía a aceptar ayuda. Yo podía sólo, me decía.

Pero cada vez me sentía peor. Llegué a creer que de veras me estaba volviendo loco, que estaba perdiendo la razón.

Mi mente divagaba hacia ese universo. Me acordaba de la serie del monje loco, de las películas de loquitos contentos, de los tristes, de los alienados a los que les gusta dirigir el tránsito, los que se la pasan con la mirada perdida en medio de las calles.

Me imaginé solo por el resto de mis días: quién va a querer casarse con un enajenado, quién va a querer contratar a un demente, ¿quién?

Y afloraron las grandes dudas; como sin esfuerzo, empezaron a brotar como plantas en una selva tropical, imparables, caóticas, abundantes, feroces.

¿Acaso fui un bebé adoptado y mis padres no me lo quieren decir? ¿Habré tenido alguna enfermedad cuando niño y ahora estará volviendo a florecer? ¿Habrá algo en mi pasado que me esté pasando la cuenta? ¿Será una premonición de que algo malo se acerca? ¿Qué, qué, qué, qué, qué, qué, qué?

Pensé en dejarme llevar totalmente por ese sentimiento, como si fuera la corriente de un río que me arrastraba, y asirme a un tronco para flotar y ver a dónde diablos me llevaba y ahí, entonces, confrontarlo y solucionarlo. Pero me daba miedo ahogarme en ese viaje al interior. Me atemorizaba lo que yo pudiera tener.

Me daba miedo que mis amigos supieran lo mal que estaba. Me daba miedo terminar en un lugar para enfermos. Me asustaba no saber qué hacer. Me daba miedo el miedo. Me daba miedo la muerte. Me daba miedo la vida.

Dios.

Empecé a buscar más a Dios. Más que religioso, me volví espiritual. Ahora sí, ¿verdad?, sólo cuando me necesitas, habrá dicho Él o Ella o Ellos. Yo ya no sabía qué hacer. Un día, al pasar por una iglesia, me detuve. Entré y me puse a rezar. Era sólo una petición: por favor, no me quiero volver loco, regrésame la energía que se me ha ido y que no encuentro.

Hay quienes encuentran respuestas en otras personas; hay los que las encuentran en la Biblia, en el Corán o en el Talmud; gente que las encuentra en algún pariente sabio o en un cónyuge atinado. Pero yo, sin abuelos ni tíos ni hermanos mayores ni primos y, hasta ese momento, alejado de la religión, acudí a los libros.

Y encontré muchas respuestas en los libros.

Todo empezó cuando me encontré en una farmacia con un libro de autoayuda de William Dyer, (¿autoayuda?). Este libro no fue mi curación pero fue el comienzo. Un libro de psicología pop, repleto de clichés, se convirtió en una puerta grande. De ahí me fui a otro libro, y a otro, y a otro.

Leí el psicoanálisis de Sigmund Freud; los arquetipos y el inconsciente colectivo de Carl Jung; el Superhombre y Demasiado Humano de Nietzsche; la terapia cognitiva de Carl Rogers; la terapia racional de Albert Ellis; el análisis transaccional de Eric Berne y Claude Steiner; el concepto de stress de Hans Seyle; la teoría del optimismo de Anthony de Mello; la terapia re-decisional de los Goulding y Virginia Satir; la absorción de la energía vital de Mantak Chia; la teoría de Gestalt de Fritz Pearls; la bioenergética de Alexander Lowen; el conductismo de Skinner, y otros. Estudié Rolfing, reflexología, hipnosis, masajes terapéuticos, yoga, Tai Chi, chi kung, meditación trascendental.

A veces no entendía y volvía a empezar. Leer me curaba, aunque dolía.

Adoré leer.

Entre más leí más me relajaba. Había escuchado de la catarsis, de la cura del habla, pero habrá cura de lectura?

Desempleado, soltero, lleno de dudas y con mucha dedicación, pude sumergirme de lleno en esta nueva situación.

Mi familia me dejó ser. Me dejó leer sin interrupciones, y yo leía con furia.

Leía hasta quince horas por día; incluso hasta la nausea. Leía cosas que nunca me imaginé que estaban ahí, esperándome.

Había terminado mi carrera y había leído sobre programación lineal, contabilidad y finanzas, mercadotecnia, valuación de proyectos, comportamiento organizacional, estadística, pero nunca había leído sobre lo que hace a una persona.

Devoraba esos nuevos textos con una fuerza avasalladora. Como si estuviera muerto de hambre. Como tener cruda en medio del desierto y sólo quisiera beber agua, agua y más agua.

Esos libros me parecían mejores y más prácticos que los que había leído sobre tangentes, cotangentes, senos y cosenos; cargos y abonos; costo estándar y costo real; la división del trabajo; activo, pasivo más capital; derecho mercantil; segmentación de mercados y el poder de una marca; la maximización del proceso de manufactura: ¿un cerebro productivo portado por una persona perdida?

¿Dónde quedó mi persona? ¿Por qué nadie me había dicho nada sobre este tipo de libros, de enseñanzas, de ideas? ¿Por qué nadie me había dicho que la vida era complicada? ¿Por qué nadie me había dicho que ser persona es lo primero y que ser un insumo en el proceso productivo es algo secundario?

¿Qué le pasa a la generación que nos precede? ¿Qué les pasa a los que diseñan el sistema económico? ¿Qué camino quieren que se siga y a qué costo?

¿Sin pensar? ¿Sin sentir? ¿Sin cuestionar?

¿Será que la generación que nos precede está tan confundida como la nuestra, o peor? ¿Será que ni siquiera han despertado? ¿Serán zombies convertidos en insumos de un megaproyecto mundial de producción?

¿Será una conspiración para dominar y explotar de manera recurrente a la nueva generación?

¿Qué les pasa? ¿Por qué no orientan a los nuevos, como yo? Acusaba por herido, juzgaba por dolor.

Y cuestionaba el sistema de vida actual que yo no diseñe, (¿y tú?): trabajar 50 semanas para descansar 2; de Lunes a Viernes de 9 a 7; nacer, estudiar, casarte, trabajar, tener hijos, para que tus hijos estudien, se casen, trabajen y tengan hijos y así sucesivamente.

¿La vida será así?

¿Pesimista? Por supuesto, yo no estaba nada bien.

¿Realista? ¿Crudo? Puede ser.

¿Confundido? Mucho.

Pero leí y leí y leí.

Y descubrí y descubrí.

(parte 4 siguiente semana)

Ideako y su Mente Voladora Parte 2

Ideako y su Mente Voladora, Parte 2

Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)  

Me llamo Juan Serratos, pero me dicen Ideako. 

Me llaman así porque en mi cabeza dan vueltas constantemente toda clase de ideas. No sé si te has puesto a pensar en esto, pero la mente no se queda quieta ni siquiera cuando duermes. Siempre está creando y proyectando imágenes. Discute con ella misma, se contradice, se complementa, se convence y se desconvence. Unas veces es conciliadora, otras desestabilizadora. De amiga pasa a ser enemiga y viceversa.   

En el plano del subconsciente esto se complica aún más. Hay “otra mente” dentro de nosotros, con otra conciencia que parece dominar nuestros actos, porque al realizarlos nos toma desprevenidos; lo que hace lo hace sin nuestro consentimiento.

Se dice que usamos apenas 10 por ciento de nuestra capacidad mental y que nadie sabe cómo usar el 90 por ciento restante. La verdad es que éste sí se usa, aunque no nos percatamos, no lo registramos en la conciencia; quizá por eso le llaman subconsciente.    

Yo, Ideako, quiero hacer un intento por adentrarme en ese otro mundo. Soy un observador con instinto y convencido de que los detalles encierran contenidos relevantes.  Soy obsesivo cuando veo algo interesante y, cuando no lo es, lo vuelvo interesante con una andanada de preguntas. Lo complicado lo quiero simplificar, lo simple lo quiero complicar.    

Analizo a la gente, su conducta, sus gestos, lo que dicen y, sobre todo, cómo lo dicen. Y lo mismo hago conmigo, o quizá debería decir que lo intento. Cuestiono lo cotidiano y los pensamientos automáticos. Me pregunto de dónde salió la persona que soy, por qué hago lo que hago y para qué se hacen las cosas. ¿Por qué vivir así? Aquí y ahora, y no de otra forma; ¿Por qué no allá y entonces?  Cuestiono gestos, caras, poses, sistemas de vida, conductas y consecuencias.

He buscado respuestas y sabiduría en los libros y me he acercado a algunos de los grandes: Aristóteles, Platón, Sócrates, Lao Tse, Sun Tzu, San Pablo, Mohamed, Santo Tomás, Descartes, Sartre, Maquiavelo, Nietzsche, Spinoza, Freud, Jung, Berne, Lacan, Rogers, Goulding, Steiner, Masters y  Johnson, Lowen, Erikson, Piaget, Jung, Pearls, Satir, Laing, Cysminetnltistkey, Hillman, y otros, pero sólo termino por generar nuevas preguntas.    

A veces les entiendo y me hacen sentido; a veces no. Y lo que más confunde es que en ocasiones  el comentario de un jardinero, de un mesero, de un desconocido, acaba por impactarme más y necesariamente los quiero ubicar en la misma grandeza con los “grandes clásicos”.   

Pese a todo, no me doy por vencido. Ahí llevo el paso, creo que hay avances y hallazgos, que compartiré contigo. Te invito a esta conversación conmigo y contigo. Mírate a ti y a quienes tengas cerca con mis historias, mis pensamientos y cuentos; con tus historias, tus pensamientos y cuentos.    

Es que cuando leemos sabemos que no estamos solos.   

Nací en Catemaco, Veracruz, el lugar predilecto de brujos y brujas, chamanes, curanderos y magos. Pero yo no creo en eso: tuve la oportunidad de estudiar y aprender el trillado método científico. Nunca, ni siquiera de niño, me convenció la idea de que mi vida dependiera de eventualidades o voluntades más allá de mi control, pero ahora no estoy tan seguro.   

Traigo a Catemaco dentro de mí, aunque hace décadas que no lo visito. Pero, habiendo nacido en ese lugar, a veces dudo si tengo algo de mago o brujo o si quizá simplemente comparta la psique colectiva del pueblo, como diría Jung.    

En las noches tengo sueños extraños, increíbles, confusos, divertidos y en ocasiones aterradores; seguramente como los tuyos. Durante el día tengo ideas alucinantes y me planteo cuestiones complejas. Me gusta la buena vida, me gusta la risa y la vida tranquila, aunque con frecuencia se me olvida.   

Me acuerdo de que Ciro Peraloca, el genio distraído del mundo de Disney, que inventó una máquina del sueño que proyectaba en una pantalla exactamente lo que soñaban las personas y, además, los sueños podían grabarse para reproducirlos a voluntad. Rico McPato le compró los derechos y los primeros sueños que vieron fueron los del pobre Donald.   

Yo ando en busca de esa máquina. Es que cuando soñamos le damos rienda suelta a esa otra mente y, si pudiéramos ver el torrente de imágenes como parte de nuestra conciencia, llegaríamos a conocernos más.   

Nos han jugado una broma respecto de los sueños: todos los tenemos y la mayoría de nosotros coincidimos en que reflejan partes íntimas e importantes del psique porque en ese mundo nada se edita; no hay frenos sociales, morales o pre-construidos y las cosas afloran tal como son. Raras veces recordamos el valioso material de los sueños y, menos aún, los entendemos.     

Chiste cruel. El sueño es discutiblemente nuestra esencia, nuestro psique manifiesto, y no lo recordamos. Es como el niño que goza y es feliz pero que no tiene conciencia para apreciarlo.  Por eso quiero la máquina de Ciro.    

También estoy en busca de una máquina del tiempo, para que lo detenga a la precisión exacta de mis deseos.   

Quisiera detener el tiempo e irme de vacaciones al sur de Italia y de España. Comprar una motocicleta, dormir en la playa, no tener horario ni itinerario.  Cuando me diera la gana regresaría a mi tiempo y a mi circunstancia oprimiendo sólo un botón. Estaría de regreso aquí y ahora, frente a la computadora, con mis hijos jugando y mi esposa en la cocina preparando un delicioso café del Soconusco chiapaneco, unos chilaquiles, aguacate y salsa picante —nada como un desayuno en casa con familia, café y periódico. 

 

En esa máquina del tiempo podría regresar cuando lo deseara y nadie se percataría de que me fui meses o incluso años.    

 

Ni enterados de que recorrí la costa mediterránea en motocicleta; que me dejé el pelo largo y lucí mi barba entrecana, que engordé por tanto vino tinto, jamón serrano y croissants; que aprendí a tocar el violín, que pinté tantos cuadros que no podía cargarlos conmigo. Que corrí veloz por una playa de Bali. Que bailé a la luz de la luna en las calles de Ankara. Que medité al lado del río Arno e invoqué a Da Vinci y Maquiavelo. Que pernocté en una banca de una calle de Oporto, que intenté el belly dancing con una bereber, que visité las instalaciones gélidas del Kremlin, los pueblos perdidos de Siberia embellecidos por rusas hermosas que esperan ser descubiertas. Que canté el ooommm en un pequeño templo de Lhasa y medité en un convento en Meteora.   

Fantaseaba con una máquina de reproducción de sueños y una máquina del tiempo; pero muy pronto tendría un encontronazo doloroso con la realidad.

(La parte 3 próxima semana)

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Horacio Marchand

La estrategia está donde se invierte tiempo, dinero y atención; es lo que se hace todos los días.

by Horacio Marchand