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Rituales y Vaivenes
Vida y Marca Personal
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 25 de Julio de 2003 09:21
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Es un ritual ocasional del hombre que trabaja: la familia se va de vacaciones, y él, abnegado y en su rol -al mismo tiempo liberado- se queda a trabajar.

La realidad es que todo mundo descansa. Ella descansa de él y viceversa: de la negociación constante, de la cotidianidad del hogar, de las discusiones ocasionales. Los niños descansan del papá gritón, del que levanta la voz y asusta. El papá descansa de los niños, de los pleitos y competencias entre ellos.

Y cada cual se dedica a gastar el tiempo y el dinero según los convencionalismos sociales, rituales consumistas y las propensiones individuales.

En mi primer día de soltero vacacional decidí portarme mal (el péndulo estira hacia la aventura).

Anuncié desde el viernes que el próximo lunes no iba a ir a trabajar, y en pleno San Lunes, opté por levantarme tarde, desayunar unos chilaquiles verdes con frijoles refritos y aguacate, leer los periódicos escuchando ópera.

Tomé una larga ducha y me fui al cine (esparcimiento/entretenimiento): Bruce Almighty, el Todopoderoso, donde Jim Carrey la hace de Dios. Era un cine de sala amplia y apenas las 13 horas del lunes: nadie excepto yo. Compré palomitas y refresco grandes y me senté al centro de la sala de proyección como si fuera toda mía. Un leve aire de remordimiento se dejó sentir, pero furiosamente lo ataqué hasta que se desvaneció.

Terminando, me puse a caminar por la plaza comercial, fui a una librería y una hora después a mi taller de pintura (estructuración del tiempo/creatividad). Pinté dos cuadros en 4 horas, sin pausa, con música de fondo: desde coros gregorianos, hasta baladas de Maná.

Esto de pintar cómo da vida y recordé que era con esto que Winston Churchill combatía a Black Dog, el apodo con el que había bautizado a su depresión recurrente y que mantenía a raya a través de la escritura, la pintura y la albañilería (inspiración de modelos rol).

Cené temprano, una copa de vino tinto por lo del colesterol (placer justificado). Me puse a leer uno de los libros que tenía pendientes por 2 horas (estructuración del tiempo/superación). Fue un buen día. Eso de estar sólo, de repente no está tan mal. A dormir.

El martes me levanté temprano, desayuné fruta con cereal -qué sano soy- me dije, llegué temprano a la oficina y trabajé con intensidad, como quitándome la culpa del día anterior. Algunos inconvenientes laborales y de negocios, y en la noche llegué estresado. Cené una ensalada, pero con el stress, me tomé dos -en lugar de una- copas de vino (intento de fuga temporal).

En la noche del miércoles me empecé a sentir aburrido (ausencia de estímulos post-trabajo). Me tomé tres copas de vino (fuga temporal manifiesta). A pesar de que traigo un régimen básicamente vegetariano, llegué a la casa con un pollo asado que compré en el camino, ensalada de col, dos elotes, tortillas, salsa mexicana. Me perdí en la televisión cambiando de canal cada dos minutos (gula/fuga pasiva).

La noche del jueves fue de las peores. Experimentando las consecuencias del aislamiento, le empecé a hablar a amigos anunciando que estaba disponible para salir, pero no encontré a nadie dispuesto (afiliación temporalmente frustrada).

La casa empezaba a lucir un tanto desastrosa. Se me habían acumulado los platos sin lavar, no había tendido la cama, ropa tirada, y de repente, como Homero Simpson, me encontré viendo la televisión sin camisa y en calzoncillos. De postre leche quemada con nueces y piñones, más vino tinto.

Y Homero Simpson empezó a tomar el control sobre mi persona (¿mi otro yo?). Al verme al espejo, me vi un poco más amarillo, los ojos se me empezaron a botar, podía jurar que la caída de pelo se había acelerado; de repente empecé a reírme de mis chistes privados. La transformación parecía haber concluido.

Debería ver menos a los Simpsons.

Lo que había empezado por ser una vacación relajante para un hombre que en su momento se había considerado trabajador y responsable, se había convertido en una metamorfosis tipo Kafka, sólo que en lugar de bicho, acabé convertido en Homero Simpson.

Familiares: por favor, regresen ya de vacaciones.

No me dejen sólo conmigo mismo. Los extraño, regresen, regresen. ¿Por qué no habrán hablado, qué no me extrañan?

Tráiganme de regreso los gritos, la presión familiar, los problemas cotidianos. Tráiganme también sus sonrisas, sus descubrimientos, sus ideas, sus por qué, por qué, por qué, por qué. Y también esos dibujos coloridos que me hacen y no se olviden de la ordenada de su mamá, con la que puedo hablar cosas que no son de niños, que me escucha, me asesora, y me complace un buen número de mis necedades (el péndulo estira hacia la estructura).

Por fin regresaron, pero no sin antes abocarme a limpiar la casa, a lavar los trastes, a tirar las botellas de vino, a meter la ropa sucia al cesto (encubrimiento de evidencia).

Homero Simpson, controlado.

El reencuentro, ah, maravilloso. Ya no me vuelvo a quedar sólo, a la otra los acompaño. Este rol de hombre de trabajo es puro rollo; el trabajo nunca se acaba, el que se acaba es uno. ¿Cómo les fue, se divirtieron, me extrañaron?

Y pasan las semanas y vuelve la cotidianidad, la carrera de la familia en la ciudad: negociación, rutina, discusiones, adelantos de quincena.

Una noche, exhausto de tanto hablar y negociar, cansado de los estiras y aflojes del trabajo: nómina, pagos a proveedores, impuestos; llegué a mi casa sin ganas de hablar. Me quería meter en la cueva como dice John Gray y aislarme. Mañana será mejor día, hoy me podrán dar un poco de espacio (neurosis urbana).

Y me pregunto: ¿Cuánto faltará para el ritual de la próxima vacación sin Papá?

Y una vez más, mirándome al espejo sentí una presencia: creí ver a Homero Simpson. Observé con cuidado pero no, definitivamente ya se había ido.

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